23 feb. 2017

La zona oscura

Por @ruiz_senior

Las recientes protestas del uribismo tras la prevista aprobación por el Congreso de puntos muy sensibles del acuerdo de La Habana son en cierta medida desconcertantes, pues parece puro fingimiento, dado que se sabe desde el comienzo qué se buscaba con los diálogos y sencillamente no se ha querido hacer nada para impedirlo, únicamente aprovechar el descontento para acceder a las curules desde las cuales lloriquear y en algunos casos entenderse con los demás congresistas en aras de beneficios personales o grupales.

Lo mismo se puede decir de las movilizaciones previstas, cuyo motivo no son los acuerdos de paz sino la corrupción del gobierno, como si alguna vez en algún país hispanoamericano hubiera habido un gobierno al que no se acusara de corrupción para derribarlo. Tácitamente hay una aprobación de esos acuerdos, que, según manifiesta Uribe en un tuit muy comentado, no intentarán revocar sino corregir para que no conduzcan a un régimen castrochavista. Un régimen castrochavista ya existe en Colombia desde 1991, cuando el crimen organizado accedió al control del poder judicial (personajes tan fascinantes como Carlos Gaviria y Eduardo Montealegre fueron presidentes de la Corte Constitucional, mientras que otros magistrados hicieron su carrera como militantes de organizaciones marxistas ligadas al terrorismo, caso de Alfredo Beltrán o Armando Novoa, por citar sólo un par de ellos).

Para Uribe y su sanedrín ha habido siempre algo más importante que el porvenir del país, evidente desde que Santos anunció en su discurso de posesión de 2010 que la llave de la paz no estaba en el fondo del mar. Se trata de su cuota de poder, que puede menguar pero no desaparecer de golpe. De ahí esa percepción de "normalidad" que se evidencia en el "rechazo al gobierno corrupto", como si la entrega del país a una banda de asesinos fuera igual que cualquier desmán de algún funcionario. (A propósito, es muy llamativo que la corrupción aumentara durante los gobiernos de Uribe, respecto al de Pastrana, aunque eso se podría atribuir a la multiplicación de las oportunidades empresariales que trajo la mejora de la situación de seguridad.)

Pero de eso ya me he ocupado en muchísimos posts de este blog, lo que me interesa señalar es que nada de eso ha tenido la menor resistencia ni el menor reproche hasta la reciente carta de algunos comentaristas descontentos. Con perdón por la jactancia, fuera de este blog no recuerdo a nadie que estuviera fuera de dos bandos claramente identificables, el de los odiadores de Uribe que acompañan toda la persecución mediática y judicial, y el de sus adoradores, que NUNCA dijeron nada de que en las elecciones de 2011 no hubiera ningún candidato diferenciado de los que promovía Santos (salvo Peñalosa, que resultó elegido en 2015 con el apoyo de grupos afines al narcoterrorismo y que simplemente era la alternativa a Petro; probablemente habría ganado en 2011 de no ser por el apoyo de Uribe, al ser tan urgente para el gobierno impedirle a éste demostrar que los votos eran suyos, por lo que se promovieron las tres candidaturas de distracción que permitieron ganar al payaso).

NADIE se sintió incómodo cuando Óscar Iván Zuluaga aseguraba en un artículo publicado en El Tiempo el 7 de agosto de 2011 que el gobierno merecía aprobación, ni cuando ya en 2012 aseguraba que quería que a Santos le fuera bien porque era lo que convenía a su partido (el PSUN), ni cuando Rafael Nieto Loaiza aseguraba que "sólo los criminales" deseaban que a Santos le fuera mal en sus negociaciones de paz. Francisco Santos declaró en una entrevista que si su primo conseguía la paz sería "el rey del universo". Fui el único que la leyó. La he enlazado MUCHOS MILES de veces en Twitter y NUNCA nadie me ha dicho que la conociera o que supiera que el uribismo aprobaba la negociación o que alguien discrepaba de Santos. 

Mucho más grave es que tampoco nadie discutiera nunca que la propaganda del gobierno confundía "paz" con "negociaciones de paz". Como ya he señalado, para mantenerse en una zona de confort se asumía que los colombianos aceptarían el atajo de la negociación, cosa que en sí es complicidad con el crimen, pues tácitamente el Estado renuncia a la ley. Pero como no es cuestión de ser descritos como culpables de la "guerra" ("enemigos de la paz"), pues tampoco va a pasar nada con que "paz" sea lo que se hacía en La Habana. Buenas personas, al fin y al cabo, en lugar de crear problemas con la semántica, denunciaban todos los días las atrocidades terroristas, como si no se cometieran precisamente como "pedagogía de paz". Como quien negocia un secuestro les pone a los paganos la grabación con el llanto del niño para convencerlos de que paguen, así estos "descontentos" publicaban el horror sin negarse a premiarlo, a lo sumo matizando algunos puntos y siempre buscando producir la impresión en el público de que ellos eran los "intérpretes de la angustia popular".

En las tres elecciones que se celebraron en 2014 (las legislativas y las dos vueltas presidenciales), tampoco hubo el menor interés en aludir a la "guerra", o sea, a la "paz". En la cuenta de Twitter de Óscar Iván Zuluaga se hablaba de "consolidar la paz" mediante inversiones en Inzá, pero fui el único que lo leyó. También lo he mostrado cientos de veces en Twitter, pero en los terminales ajenos no llega, nadie lo vio. El único que recuerdo que con ocasión de esas campañas manifestó algo sobre la paz fue Saúl Hernández, que protestaba porque se la utilizara como tema electoral. Debería prohibirse. Para que no crean que me lo invento, cito el fragmento.
Por eso, un tema tan azaroso, que suele ser presa del oportunismo político, debería estar excluido del debate electoral.
Esa renuncia generalizada a la verdad, que es lo que hay en esa aparente filigrana semántica, tampoco la detectó nadie, y los uribistas proclamaban después de las elecciones que nada habría cambiado con Zuluaga respecto a "la paz". ¿O alguien ejecutó la inverosímil proeza de leer esta perla del uribista Sergio Araújo, entenderla y darse por enterado? 
Un gobierno de Zuluaga habría sido reconciliador. La suya hubiera sido una paz responsable. Su álter ego, Luis Alfonso Hoyos –y no Uribe– habría sido el hombre más importante del Gobierno. Y Colombia hubiera dado seguramente el salto educacional que nos insertara en el primer mundo, transformándonos.
Nadie lo leyó. Es sencillo, lo he explicado muchísimas veces con base en lo que afirmaba Octavio Paz: la Contrarreforma de los siglos XVI y XVII dejó en la América española el rastro del rechazo a la crítica. No hay discusión real porque en cualquier momento Roma locuta, resulta uno discrepando con Uribe y echa a perder su carrera. En el mismo enlace afirma Mauricio Vargas que un grupo de amigos de Uribe lo intentaba persuadir para que aplaudiera los acuerdos. Parece que lo convencieron.

Tras las elecciones declaraba Óscar Iván Zuluaga:
Siete millones de colombianos cuya voz tendrá que ser escuchada por el nuevo gobierno. Aquí hay una opinión ciudadana que reclama un espacio en la política de construcción de la paz negociada.
(Citado por Rafael Guarín en un artículo obviamente dedicado a aplaudir la paz negociada y a llamar a la inclusión del uribismo.) 

Pero eso tampoco lo leyó nadie, no faltaría más sino que además lo recordaran. Y no obstante lo que ocurrió después fue mucho peor: ¿qué pasó con las reuniones de representantes del uribismo con Álvaro Leyva? No le interesan a nadie y son paparruchas tan despreciables que nadie las va a comentar, como el testimonio del vendedor de fruta que vio a Sigifredo López dirigiendo el secuestro de los diputados, según el inefable Montealegre. (El caso de ese asesino bastaría para demostrar que el uribismo es sólo una farsa de unos canallas, una evidente suplantación de la sociedad en aras de beneficios particulares: se renuncia a la justicia a cambio de quién sabe qué incentivos.)

Y como NADIE sabe ni quiere saber, salvo los "exegetas", que siempre interpretan las cosas de modo que resulte lo que quieran, tampoco se puede conocer lo que piensa NADIE del proyecto de acordar una Constituyente con las FARC, explícito en este artículo de Juan Lozano que Uribe divulgó en su cuenta de Twitter y que obviamente corresponde a los cálculos del uribismo. Por entonces creían posible anular el referendo, que daban por perdido pues ¿quién no va a aprobar una paz estable y duradera? La solución, visto que el acuerdo que pedía Zuluaga y proponía Guarín no se conseguía, era acordar una Constituyente en la que a cambio de la sumisión a la paz las FARC concederían algo al uribismo, yo casi apuesto a que sería la posibilidad de Uribe de volver a ser candidato.

En ese escrito, Lozano le reprocha a Santos incumplir sus promesas a las FARC, pero curiosamente NADIE lo leyó. Ahora se sorprenden de que Uribe anuncie que no buscará revocar el acuerdo final, pero ¿no es un poco cínico y a la vez ridículo sorprenderse? Es ocasión simplemente de renovar el voto de amor al Gran Timonel y advertirlo contra los malos consejeros, recomendándole que dé marcha atrás y mantenga la ficción
 de que se opone al acuerdo, como en aquella canción de Camilo Sesto:
Miénteme, porque sólo así me harás saber / que aún nos podemos entender. / Miénteme, tus ojos dicen la verdad, / miénteme.
Y es que sólo esa ficción permite mantener los hechos reales en esa zona oscura en la que no existen, en la que se puede no ver lo que abiertamente ocurre hace muchos años.

Cuando se acusa a los uribistas de rendirse lanzan su protesta: #NoClaudicamos. Ya claudicaron en 2010 y en realidad antes, cuando el gobierno en lugar de acabar con el engendro del 91 prefirió "corregirlo" sólo para poder instaurar un "uribato" inspirado en Mao Zedong y el "culto de la personalidad" que cultivó el comunista chino. Y cuando en combinación con esa proeza aplaudieron la alianza con la politiquería regional y Santos para conservar su cuota de poder.

Y es que el problema de Colombia no es el narcoterrorismo ni la mafia gubernamental sino el uribismo, tal como el enemigo de la salud en África no es el mosquito que transmite la malaria sino la falta de políticas eficientes para erradicarla. No habrá remedio para Colombia mientras no haya una movilización ciudadana que incluya al uribismo en el bando de "la paz" y lo rechace tajantemente, y eso no ocurrirá durante mucho tiempo. Tampoco habrá después de 2018 ningún gobierno uribista, pues la alianza planeada con el gobierno y sus aliados para hacer elegir a Duque se acabará en cuanto sea el candidato oficial: ya no lo querrán tanto los medios y puede que algún juez le encuentre alguna conducta dudosa. Pero es que ¿qué candidato es? ¿Qué representa? Bueno, representa el uribismo, la más vil politiquería y falta de principios que ha permitido la instauración de una dictadura criminal de la que será muy difícil salir.

Pero insisto, para la historia quedará esa derrota total y previsible, para la historia de la conciencia quedará ese milagro increíble de que NADIE haya visto lo que pasaba. Esa zona oscura en la que los hechos obvios no demandan respuesta y ni siquiera se registran.

14 feb. 2017

El pantano moral del uribismo

Por @ruiz_senior

1. Opinar y obrar

En Twitter me contestó el señor Fernando Alameda (@fernandoal1), hasta donde sé ligado al CD y al Centro de Pensamiento Primero Colombia, con un reproche que podría resumirse así: "una cosa es publicar opiniones y otra hacer política en la realidad". Le contesté explicando la idea de que el problema es el sentido de lo que se hace. Me parece necesario señalarlo: más importante que la seriedad o responsabilidad de una acción es su sentido. El problema de la actuación del uribismo respecto del gobierno de Santos no es su compromiso mayor o menor, sino su complacencia con la negociación de paz. No se contesta acerca de si esto está bien o mal descalificando a quien lo cuestiona. Lo que buscaba Alameda era descalificar cualquier cuestionamiento al apoyo del uribismo a "la paz" como "habladera de paja".

2. Propuestas

Al final me pregunta qué es lo que propongo. Pero si está claro en cada tuit que escribo: propongo rechazar toda la negociación del gobierno colombiano con los terroristas, movilizar a la sociedad para anularla y castigar penalmente a quienes la llevaron a cabo. Eso no es tan difícil si se piensa que los jefes de las FARC son reos de diversos delitos ante las autoridades estadounidenses, que podrían pedir su extradición, y que no sería muy difícil demostrar que han cometido muchos crímenes de lesa humanidad y llevarlos a la CPI. Sencillamente, el uribismo nunca se ha opuesto a dicha negociación ni ciertamente propone no acatarla ni deslegitimarla. No es que obren y no sólo opinen, sino que obran en el sentido opuesto al que debería tener quien se planteara defender la democracia. El lloriqueo por los crímenes de las FARC durante los años anteriores, y por los resultados de la negociación ahora, sólo es demanda de integración en la mesa negociadora. En todo caso, le enlacé un post que publiqué tras las elecciones de 2014. No vio ninguna propuesta, y es que no hay ahí ninguna propuesta que interese al uribismo porque lo que interesa al uribismo son los nombramientos de fichas en las entidades públicas, aunque para eso haya que ayudar a nombrar procurador (quien vigila a los funcionarios) al más grotesco peón del gobierno.

3. El uribismo y el MOIR
Como la actuación del uribismo tras 17 años de unidad me parece realmente ajena al interés de defensa de la democracia y la libertad, le explico al señor Alameda que lo primero que propongo es alejarse del uribismo y su MOIR interno. No era una alusión personal, ni sabía que Alameda proviniera del MOIR, aunque se habla de algunos dirigentes del CPPC. Sobre esa cuestión de los moiristas en el uribismo ya había publicado dos posts (1 y 2) porque es ciertamente un asunto pintoresco. Y porque, me parece, permite entender qué es realmente el uribismo. Pero para responder a esa cuestión el señor Alameda publicó un escrito que me propongo comentar.

4. Tres letras ausentes
En el escrito de Alameda no se encuentran tres letras que son lo que define al MOIR y a sus herederos. La M, la A y la O, Un nombre remoto de un líder que casualmente es el mayor genocida de la historia; no se crea que sólo por la elevada población china, los testimonios lo delatan como un monstruo singular. Por ejemplo, los militares estadounidenses que tomaron parte en la Guerra de Corea relatan que de nada servía aniquilar a varias filas seguidas de combatientes chinos, siempre aparecían otros kamikaze a los que los comunistas sacrificaban sin preocuparse. Cuando una periodista occidental le preguntó por los millones de muertos causados por sus ocurrencias del "Gran Salto Adelante" y la "Revolución Cultural", le respondió tranquilamente que esas personas de todos modos habrían de morir. La ruptura chino-soviética de finales de los años cincuenta tuvo dos causas: una fue el discurso de Jruschov en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (1956) en que denunció los crímenes de Stalin, la otra fue la resistencia de los soviéticos a transferir a los chinos la tecnología nuclear, que no esperaban tener sólo para intimidar. Es conocida la frase de Jruschov de que "Me arreglaría con los chinos en cinco minutos si les diera la bomba atómica". Ese conflicto se extendió a todos los partidos comunistas del mundo en forma de ruptura entre "revisionistas" y ortodoxos, que se proclamaban herederos de Stalin. El maoísmo era el bando de los revolucionarios radicales que no transigían con la "coexistencia pacífica" que promovían los soviéticos.

5. El MOEC, Francisco Mosquera y el MOIR

El 7 de enero de 1959 se produjeron disturbios estudiantiles en Bogotá de los que surgió un grupo de extrema izquierda independiente del Partido Comunista. Se llamó "Movimiento Obrero Estudiantil Campesino 7 de Enero" y durante un tiempo vaciló entre diversas opciones, hasta que una facción adoptó oficialmente el maoísmo y dio lugar en 1969 al MOIR, dirigido por Francisco Mosquera, un activista de Bucaramanga inicialmente ligado al Partido Liberal que terminó encontrando en el maoísmo su ideología. Al igual que ocurría con el PCC, hay que pensar en la generosidad de los camaradas chinos, que por entonces inundaban a toda Latinoamérica de propaganda (no importaba la hambruna que vivían los chinos, los libros que un joven colombiano de entonces encontraba más fácilmente eran los de Ediciones en Lenguas Extranjeras de Pekín, así como revistas en papel satinado como China Reconstruye o China.  Yo incluso recuerdo un libro ilustrado llamado Guerra de minas, en el que se daban instrucciones para matar diablos japoneses usando minas). Para no extenderme remito al interesado en la trayectoria de Mosquera a este trabajo universitario.

6. Las mentiras de Alameda
Tenemos pues que el MOIR era un movimiento maoísta que se identificaba con el llamado "marxismo-leninismo-pensamiento Mao-Tse-Tung" y promovía la "revolución cultural" en Colombia. No mencionar los rasgos reales de ese movimiento, cuyo principal texto doctrinal era el Libro rojo de Mao es sencillamente mentir. 
¿Por qué fui del Moir y ahora soy uribista?
La amenaza terrorista encarnada en los grupos guerrilleros y auspiciados en su comienzo por la URSS, el Partido Comunista Colombiano y Fidel Castro aparece en la década de los 60's del siglo pasado. El apacigusionismo que no considera a estos grupos como terroristas sino como parte de un conflicto interno armado y defiende la tesis de que esa lucha aunque equivocada, tiene razones objetivas justas, hace parte de la respuesta equivocada de la sociedad colombiana y se expresa inicialmente desde el Estado, en el proceso de paz de Belisario Betancur.
En el 1970 me vínculo al extinto Moir que defiende dos postulados centrales: que las guerrillas y sus áulicos, además de ser mercenarios de paises extranjeros representan una fuerza terrorista y no a ningún sector de la sociedad levantada en armas por justa causa y segundo, que en Colombia se debe construir tarde que temprano una sociedad socialista.
¿No le queda la impresión al lector de que el MOIR aparece como quien denuncia al PCC, al ELN y al M-19 como terroristas? Todo eso es obscenamente falso. El PCC les parecía "revisionista" en la medida en que adhería a las tesis de los dirigentes soviéticos, que se habían apartado de la ortodoxia de Stalin. Es verdad que el MOIR no practicó la lucha armada, pero no porque la rechazara sino porque creía que antes era necesario un "movimiento de masas" que le sirviera de base social. Según el autor del libro enlazado arriba sobre el MOEC,
En una especie de acuerdo entre las dos tendencias que ya eran visibles en el movimiento [MOEC] (la que reivindicaba un pronto proceder a las acciones armadas y la que reivindicaba preparar las condiciones para ello), viajaron a la isla [Cuba] Antonio Larrota y Raúl Alameda, los dos más visibles exponentes de dichas corrientes. [Esperemos que este Alameda no sea un pariente del líder uribista.]
"Terrorismo" es una palabra que confunde. Las FARC de 1969 o de 1974 venían de la "autodefensa" de las llamadas "repúblicas independientes" y eran un grupo pequeño cuya acción no era exactamente "terrorista", pero ¿cabe mayor terrorismo que la "revolución cultural" que Mosquera y su grupo trataban de "replicar"? Si la "lucha armada" les parecía tan mala, ¿a qué venía toda la mitología sobre la "guerra popular prolongada" y la "larga marcha" de Mao? La lucha armada de las FARC no les gustaba porque eran sus rivales.

La primera de las dos "tesis centrales" del MOIR es escandalosamente falsa, no se creó el movimiento para oponerse al PCC sino para hacer la revolución, y la enemistad era tan grande que en 1974 acudieron a las elecciones en las mismas listas, en la llamada Unión Nacional de Oposición. Quien tenga sentido del humor para aguantar la oratoria del fundador del MOIR y precursor de Horacio Serpa puede ver este video sobre un discurso suyo de 1973, cuando eran aliados del Partido Comunista, como lo volvieron a ser desde principios de este siglo, cuando fundaron juntos el Frente Social y Político y después el Polo Democrático.



De modo que ya se parte de una mentira increíble: que el MOIR surgió como movimiento antiguerrillero. Pero sobre esa premisa casi cómica sigue Alameda:
Con esta visión y convencido que había que hacer algo, me retiré de la universidad a vivir en una región campesina desde 1974. Estando allá aparece Belsario con su proceso de paz al cual nuestra corriente se opone radicalmente. Nuestra crítica era que esas negociaciones aceptaban a la guerrilla como unos luchadores del pueblo y que por tanto se debía negociar con ellos las grandes transformaciones sociales para eliminar las causas objetivas del supuesto conflicto. Nuestra radical oposición a ese proceso de paz provocó que la guerrilla decidiera proceder contra nuestros militantes vinculados al campo. Nos asesinaron varios intelectuales y campesinos, que lo único que hacían era trabajar en la organización campesina, con cooperativas o en busca de mejorar las condiciones de vida en las regiones, con dispensarios, arreglo comunitario de vías, escuelas, etc.
Ojalá alguna vez alguien cuente esa historia de los jóvenes del MOIR que se "descalzaban" (así se decía), es decir, que se iban a vivir al campo a adoctrinar gente y a preparar la insurrección que daría lugar al triunfo revolucionario. Era la versión local de lo que hacían los "guardias rojos" en China y por los mismos años los "jemeres rojos", maoístas, en Camboya. Para la organización era un recurso sumamente eficaz, operaba como una secta que somete a sus adeptos al aislamiento y refuerza así su mística, a la vez que prepara la toma del poder a partir de una base social en el campo.

Los motivos que pudiera tener el MOIR para oponerse (según dice Alameda) a la negociación de paz de Betancur poco tendrían que ver con el rechazo a la inautenticidad social de las FARC. Eran agentes extranjeros exactamente igual que el MOIR. En cambio, los motivos que tuviera el nuevo partido armado impune y legitimado para perseguir al MOIR son fáciles de entender: ¿quién va a querer rivales si se puede deshacer fácilmente de ellos? Sencillamente, las FARC se expandieron por todo el país gracias a Betancur, y los rivales que también preparaban la revolución fueron relegados y aun quedaron indefensos.

En resumen, a causa de su odio al PCC Alameda ingresó en el MOIR creado un año antes, y en 1974 se fue al campo, ¿no sería para no participar en la campaña electoral en que iban juntos?

Todas las buenas acciones que atribuye Alameda a los militantes del MOIR desplazados al campo, verdaderos héroes civilizadores en su versión (cuando eran sobre todo adoctrinadores en la doctrina de Pol Pot y Mao) me recuerda la propaganda de Hamas, que también tiene redes solidarias increíblemente eficaces.
A mi familia y a mi nos tocó salir expulsados y amenazados por la guerrilla, no por ser sujetos de secuestro extorsivo, sino por la diferencia radical ideológica que nos separaba, pues representábamos una fuerza que significaba un estorbo para sus intereses.
Las diferencias que los liberales y demócratas tengamos con el Partido Comunista seguidor de Brezhnev no son tan grandes como las que tendríamos con los enemigos de Lin Piao y Confucio que llenaron las calles de Bogotá con pintadas a favor de la "Kampuchea Democrática". La rivalidad con los otros totalitarios no los hace mejores.
Desde ese entonces para justificar sus acciones nos calificaron de agentes de la CIA, o lambones de la oligarquía.

El Moir a pesar de perder ese espacio, continuó desarrollando acciones como la condena pública de la invasión de Angola por tropas cubanas o la traída de tres afganos de la resistencia contra la invasión de la URSS en ese país.

Desafortunadamente, estábamos solos y los partidos tradicionales no actuaron y fueron complacientes con esa situación. Que me acuerde, lo que se denomina la derecha se mantuvo en silencio y la izquierda del Partido Comunista eran sus cómplices.
Ahora resulta que la derecha o "los partidos tradicionales" son cómplices del partido comunista ¡porque no condenaron la intervención soviética en Afganistán! Eso es francamente chistoso. Pero lo de Angola es un poco más fuerte. Al retirarse los portugueses hubo una guerra civil de muchas décadas entre el MPLA, que terminó triunfando, tal vez gracias al apoyo cubano, y el UNITA, de Jonás Savimbi, patrocinado por los chinos. Esta banda asesina se podrá contar entre las muchas herederas del pensamiento Mao Tse-Tung, junto con Sendero Luminoso y los sociópatas nepalíes, camboyanos y aun indios que todavía matan. Para formarse una idea de lo que es el comunismo en África piénsese que los prosoviéticos eran el ANC de Mandela, mientras que los prochinos dan lugar al siniestro régimen de Mugabe en Zimbabue. La adhesión del MOIR a una conspiración asesina internacional se nos presenta como resistencia justiciera al comunismo. La mentira ya es un chiste.
Muerto el jefe del MOIR, este se dividió y un sector nos aislamos de la actividad política. Llegó otra vez de la mano del partido conservador una propuesta de paz en cabeza de Andrés Pastrana. Pero a diferencia de la época de Belisario y de los intentos de casi todos los presidentes en ese lapso, surgió la voz de un patriota que se enfrentó al proceso y habló claro: Álvaro Uribe Vélez.

Desde el 2001, yo y otros exmilitantes del MOIR decidimos darle un respaldo a ese candidato, pues en esas tesis del terrorismo encontramos una voz que nos representaba. La verdad, sin mucho optimismo en su victoria pues no lo favorecían las encuestas. Pero logró triunfar y en adelante no solo me convenció su liderazgo, sino que mi relación con su política y el estudio de la misma, me ayudó a entender que la tesis del viejo MOIR de la construcción del socialismo, no es la solución para este ni ningún país del mundo y que solo el desarrollo de libre mercado, con la visión de un capitalismo social era la salida. La gran diferencia con exmilitantes del MOIR como Jorge Robledo es que él abandonó en la práctica, aliándose con los representantes de la guerrilla, la posición antiterrorista y acepto el apaciguasionismo y al tiempo sostiene, aunque en forma soslayada su decisión de construir un modelo socialista en Colombia. O sea, abandonó lo bueno del MOIR y se quedó con su error.
Lo que hay que entender es otra cosa: los jóvenes resultan atraídos por el sueño revolucionario, sobre todo porque promete poder sin mucho trabajo, pero también porque todo el ensueño colectivista satisface las inclinaciones y valores de los colombianos tradicionales. La militancia es gratificante pero la revolución no llega y cuando ha pasado el tiempo lo único que la persona sabe hacer es hablar de política, y lo único con que cuenta es la amistad de los camaradas, que ya antes de la muerte de Mosquera se habían quedado huérfanos de ilusión al caer el comunismo en Europa y cesar los chinos de pagar la revolución en otras partes. Son enemigos de las FARC, en parte porque los comunistas siempre son cainitas, en parte porque sufrieron el agravio de ser perseguidos. De modo que la aparición de Uribe resulta una ocasión de seguir en la política y obtener poder gracias al grupo. No hay que escandalizarse porque alguien haya sido del MOIR o de cualquier grupo comunista, porque la revolución es hegemónica en nuestros países desde hace muchísimas décadas y porque a los jóvenes les resulta atractivo, pero de ahí a reivindicar ese pasado, a blanquear a un grupo maoísta y a negar el sentido de su actividad, y aun sus alianzas con el Partido Comunista, hay un trecho.
Ahora estoy convencido que el único con fuerza y visión y que ha demostrado su acierto en la mayoría de los casos y quien puede sacarnos de este atolladero es el expresidente Uribe. Dirán que se equivocó dándole el respaldo a Santos. Yo diría que cayó en una trampa bien urdida. Pero, qué general o líder no corre el riesgo de ser engañado. Los únicos que no se equivocan son los que no hacen nada. Lo importante es que él sigue luchando por sacar el país adelante y arrebatárselo a los negociantes del Estado y a los bandidos, disfrazados de revolucionarios. Los que solo se reducen a opinar sin consecuencia social y política alguna, les queda fácil condenar y criticar. O los que son los mas antimamertos en las redes, pero ahí termina su lucha y solo se dedican a buscar brujas para quemarlas, no le hacen ningún favor a esta causa, sino por el contrario le sirven en la práctica a los verdaderos enemigos como son Santos y las Farc. Otra cosa es el líder que debe considerar que cualquier cosa que haga, repercutirá en la sociedad y si se llegare a equivocar, debe tener el valor de aceptar el error y enmendar el camino.
¡Por eso hoy soy uribista y punto!
Parece que el único error de Uribe fuera hacer elegir a Santos, pero ¿cómo es que tras ocho años de presidencia y hegemonía en la opinión no había ningún grupo político que sostuviera sus tesis, ni ningún medio de prensa que las apoyara, ni ningún cuestionamiento al orden impuesto por el hampa narcotraficante y los Castro en 1991? A los interesados en la trayectoria del uribismo desde 2001 les enlazo un post reciente sobre ese tema (que aquí se haría demasiado largo). 

Es muy llamativo que Uribe acoja en su sanedrín a tantos ex moiristas, pero tampoco descuida a otros sectores de la izquierda. El PCC está bien representado con Angelino Garzón y su hija, mientras que el M-19 tiene a Everth Bustamante, seguramente habrá otros que no conocemos del ELN. La clave es la idea de que el gran líder está por encima de las ideologías y de los partidismos, su partido es de izquierda y a la vez de derecha y de centro (todo en la medida en que la politiquería permite mantener buenas relaciones con logias y clanes formados alrededor del dinero soviético y cubano, y puede que también chino). A fin de cuentas tampoco está a favor ni en contra de la paz, sino todo lo contrario. No se opone a la paz porque su interlocutor debe entender por "la paz" la ausencia de guerra y a la vez la negociación de paz, tal como lo hace entender el gobierno y sus propagandistas, a los que nunca se contradice para evitar quedar como enemigos de la paz. Un tuit del propio Alameda lo explica muy bien. 

En el que queda claro que el problema no es "la paz" ni la ideología ni la actuación del gobierno, sino la adhesión a Uribe. Los que nos oponemos a la componenda con los terroristas estamos contra Uribe, tal como los que quieren excluirlo de esa componenda. Que seamos los pocos que nos oponemos a premiar a los terroristas nos hace iguales a ellos, ¡porque no estamos con Uribe, que está con todos y que buscaba una Constituyente acordada con las FARC en lugar del plebiscito que calculaba que podría perder! La cosa tiene gracia.

Y es que Uribe se ve a sí mismo en ese papel y cuenta con la adhesión unánime en torno a su persona, que fue por lo que no le hizo oposición a Santos en 2011, seguro de que los votos los tenía él y sólo faltaba demostrarlo. Eso pasó durante su presidencia porque salía sin cesar en la televisión, ahora es mucho más difícil y su lista al Senado apenas obtuvo el 20% de los votos en 2014 (pese a la alta abstención). De ahí que él y sus seguidores exijan esa clase de adhesión sentimental (para la que los moiristas están particularmente preparados, dado su viejo amor al Gran Timonel chino). Nadie puede poner en cuestión lo que han hecho hasta ahora (y sobre todo lo que han dejado de hacer), ni siquiera recordarlo, dado que ahora sí van a enfrentarse a Santos. Como una señora a la que le dicen que su hijo le ha arrancado la oreja a un compañero y escucha las promesas de que a partir de ahora se portará bien. No importa el pasado, el amor es más fuerte que eso. Es muy curioso que los aficionados al fútbol sean muchos más sensatos y a un director técnico que siempre hace perder al equipo lo quieran sacar inmediatamente. Claro que la comparación no es válida porque un equipo de fútbol es una entidad que contrata a un empleado mientras que el uribismo es la adhesión a Uribe, más allá de toda ideología, de todo interés de grupo social, de toda coherencia o de toda posición sobre el futuro del país.

Los del MOIR no han tenido que cambiar mucho.

8 feb. 2017

Las elites se oponen a la nueva revolución

[Ésta es la traducción del artículo «ELITES PROTEST A NEW REVOLUTION», que nos parece del máximo interés para entender lo que significan novedades como el Brexit y la elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos.]

Por Daniel Greenfield

(Daniel Greenfield, miembro de Shillman Journalism en el Freedom Center, es un escritor neoyorquino especializado en el islam radical.)

«Merecemos estar al mando.»

La revolución no se la llevará a usted Xerox. Se la llevará BMW. El fabricante alemán de automóviles de lujo es un anunciante decisivo en [la revista de moda masculina] GQ. Y GQ es la sede de Resistance, un vlog de Keith Olbermann que regresó de su exilio en [el canal deportivo] ESPN para denunciar a Trump.

—Soy Keith Olbermann —arenga Keith Olberman a los obreros y campesinos de GQ que hacen una pausa en la lectura sobre «una colonia de cien dólares que no huele a nada»—. Esto es la Resistencia.

La Resistencia es Remy Martin y bolsos Coach. Es «el mejor cortaúñas de plata para hombre, disponible ya» y «Siete tratamientos de cuidado de la piel que los hombres piden en 2017». Es los premios del Sindicato de Actores y los premios Golden Globe.

Es la gente pretenciosa y la gente bella levantándose contra la opresión de la clase obrera y proclamando valerosamente a una sola voz: «Merecemos estar al mando».

Cuando la revolución no está en GQ («los calcetines más radicales que se usan ahora») está en Vanity Fair, donde Graydon Carter denuncia a Trump («Donald Trump: un pilar de ignorancia y suficiencia») con una foto lateral de ella misma tomada por Annie Leibovitz, sonriendo satisfecha desde su oficina en un rascacielos. 

Quizá la resistencia sea Reed Hastings, el milmillonario CEO de Netflix, que amasó su riqueza complaciendo los gustos de las elites urbanas y cabildeando para subir los impuestos de la clase media. Hastings se queja de que la actuación de Trump para proteger a los estadounidenses es «tan antiamericana que nos duele a todos».

¿Quiénes «somos»? Tal vez Warren Buffett, Eric Schmidt de Google y Sheryl Sandberg de Facebook, con quienes Hastings se unió para apoyar a Hillary Clinton. O tal vez los CEO de Lyft, Airbnb y Twitter, por señalar a unos pocos de los que se han unido a la «resistencia» anti-Trump de las elites ricas.

No es casualidad que las protestas más ruidosas contra las medidas del presidente Trump provengan de elites urbanas y de las corporaciones que complacen sus caprichos. Es fácil distinguir las divisiones de clase en las burlas que cosechó Andrew Puzder, CEO de la empresa que está detrás de [las cadenas de restaurantes populares] Carl's Jr. y Hardee's, al conseguir un puesto en el gabinete en lugar de Sheryl Sandberg de Facebook, que había sido propuesta por Hillary [Rodham Clinton] para la Secretaría del Tesoro.

Carl’s Jr y su menú de cuatro dólares están a un mundo de distancia de la sede de Facebook diseñada por Gehry en Menlo Park. Tanto como un torneo de lucha de la WWE lo está del rascacielos de Condé Nast en Manhattan.

Es difícil imaginar un contraste más claro entre las elites costeras y el centro del país, y entre la nueva economía y la vieja. Por un lado están las relucientes ciudades donde la fuerza de trabajo formada por minorías e inmigrantes hace el trabajo sucio detrás de los logos y las palabras de moda de la nueva economía. Por otro lado, están las comunidades del Rust Belt [“Cinturón de óxido”, área industrial cercana a los grandes lagos] y los pueblos del Sur, donde los trabajadores realmente solían hacer cosas.

Los principales genios de Facebook disfrutan de los servicios de un chef ejecutivo, cinta para correr en el puesto de trabajo y taller de reparación de bicicletas, todo protegido con muros de la población latina de East Palo Alto y su crimen y violencia de pandillas. Pero, ¿quién trabaja en los once restaurantes de Facebook? ¿Quién repara las bicicletas en la habitación de atrás? ¿Quién vigila los millones de imágenes publicadas en sus cuentas para eliminar el spam, la pornografía y la violencia?

Tras la ilusión de un luminoso futuro de Facebook hay mexicanos que cobran pocos dólares por hora para decidir si esa pintura italiana renacentista que usted compartió viola las directrices de contenido de la empresa.

Si usted vive en el mundo de Facebook, Lyft, Netflix y Airbnb, tiene sentido ir en masa a los aeropuertos a gritar: "Ni fronteras ni naciones, paren las deportaciones". Usted no vive en un país sino en una de una serie de megaciudades intercambiables o sus ciudades dormitorio. El patriotismo es un concepto extranjero. Usted no tiene más apego a Estados Unidos que a Friendster o Myspace. El Estado nación es un sistema anticuado de organización social al que reemplazan sistemas más eficientes de gobernanza global. Las únicas razones por las que alguien se aferra a las naciones y a las fronteras son la ignorancia o el racismo.

El grupo de población que más se opone a Trump no es una minoría racial sino la elite cultural. No es una revolución, las revoluciones ocurren en junio y noviembre. El Brexit y la elección de Trump fueron revoluciones, las protestas en contra son la reacción del establecimiento derrocado.

En algún momento, los proyectos políticos de la izquierda dejaron de ser revolucionarios. La izquierda ganó. Tomó el control de las naciones y se dispuso a desmantelarlas. Sus agendas sociales y económicas se convirtieron en ley. Gobernaba a través de un vasto sistema interconectado de burocracia, medios de comunicación, academia, organizaciones sin ánimo de lucro y corporaciones. En Europa, la democracia casi desapareció. En Estados Unidos aún había elecciones, pero no importaban mucho. Un presidente republicano podía jugar un poco, pero no podía cambiar las cosas. La izquierda lanzaría sus berrinches rituales si limitaba el financiamiento del aborto o invadía Irak. Pero en torno a las controversias aisladas, todo lo demás seguiría avanzando hacia la izquierda.

La izquierda llegó a concebir su victoria como inevitable. Sus líderes disfrutaron de un derecho secular de los reyes que les había otorgado el materialismo histórico. Y así no pudieron ver acercarse la revolución. Las inevitables elites y su poder fueron derrocados. La gente pequeña a la que habían estado pisoteando invadió el castillo. Todas sus encuestas de pseudociencia no habían podido predecirlo. De repente, el futuro ya no pertenecía a la City ni a Palo Alto. Y sus habitantes salieron a las calles para protestar.

Las protestas se llevan a cabo en nombre de las minorías oprimidas, pero, como ocurre con cualquier logotipo de punto com, eso es la marca. En realidad son una reacción airada de una elite derrocada por una revolución popular. Realmente no se trata de los musulmanes. Los airados manifestantes saben tan poco del islam como la gente de la Iowa rural. Pero las fronteras y los aeropuertos son una metáfora importante. Trump dijo: "Una nación sin fronteras no es una nación". Y eso es exactamente lo que quería la izquierda. Ni fronteras ni naciones.

Si usted produce bienes tangibles o tiene una hipoteca, es más probable que desee fronteras y una nación. Si por otro lado se trata de intangibles, de cadenas de números, de datos sobre servidores globales, de películas y música, las fronteras son una abstracción irreal. Si se desplaza usando Uber y su casa es de Airbnb, su entretenimiento de Netflix y sus citas de Tinder, si en realidad no es dueño de nada y no se plantea formar una familia o algo más permanente que una existencia virtual, ¿para qué necesita una nación? Las naciones son ideales basados en cosas reales. Nuestras elites existen en un mundo irreal lleno de cosas irreales. Su sistema se basa en el uso de la tecnología de las comunicaciones para organizar el mundo de nuevas maneras. Han crecido tan deslumbrados por el potencial de esa organización que ignoran lo que está debajo.

La metáfora se hace realidad con el Brexit y con Trump. El campo se rebela contra la ciudad. La gente que estaba en el negocio de producir cosas reales se levanta contra la economía virtual.

Las élites son incapaces de entender los impulsos nacionalistas y territoriales de sus propios ciudadanos o de los terroristas islámicos. Su extraña fusión social-plutocrática entre el marxismo y la tecnocracia lo ve como un problema de compartir la riqueza. Todos los levantamientos populares pueden ser pospuestos con un estado de bienestar más grande. Redistribuir una parte mayor de los beneficios de Facebook a los musulmanes y los votantes de Trump. Problema resuelto.

Pero el problema no se resuelve ensanchando la clase de los beneficiarios de la asistencia social. Ahí hay un enorme abismo cultural.

La gente necesita significado. Es el significado lo que le da una sensación de valor. Los enojados reaccionarios izquierdistas encuentran sentido en su mundo post-todo. El aplastamiento de este mundo los ha llevado a las calles. Y sin embargo no pueden comprender que fue el aplastamiento de su mundo lo que llevó a tantos trabajadores a votar a favor del Brexit o por Trump. Se niegan a comprender que las naciones tienen sentido para más gente de lo que su orden post-nacional de megaciudades multiculturales intercambiables hace o que la mayoría de la gente quiere que algo tangible se sostenga, incluso la tierra y la familia, aunque requiera trabajo y sacrificio.

Fue una guerra entre Davos, Condé Nast, GQ, Soros, MSNBC, Hollywood, Facebook y Estados Unidos. Y Estados Unidos ganó.

La “resistencia” es una colección de elites, de actores en ceremonias de premiación a revistas de moda o a milmillonarios de la tecnología despotricando de una revuelta popular contra sus leyes. No son la resistencia, son dictadores en el exilio. Tuvieron su ocasión de imponer su visión sobre el pueblo, y fracasaron.

Las protestas no son una revolución. Son la reacción contrarrevolucionaria de un establecimiento caído. La revolución no se la llevará BMW ni el foro de Davos ni la colonia de cien dólares que no huele a nada ni el cabildeo de Facebook. Le llegará haciendo de Estados Unidos una nación libre de nuevo.

6 feb. 2017

Imposturas presidenciales santistas

Por Jaime Castro Ramírez

La honestidad conceptual (ni siquiera intelectual) es de importancia primaria para dar claridad y la consiguiente oportunidad de entendimiento de las ideas que se pretenden plantear. Lo contrario equivale a suplantar el pensamiento racional por simples imposturas que tergiversan el significado real, o por lo menos lo llevan al plano de la confusión, con lo cual los impostores (generalmente gobernantes), lo pueden utilizar también como herramienta para conjurar perversidades, o incurrir en engaños colectivos a través de planteamientos o promesas sin sentido práctico, que no consultan la realidad atribuible a una secuencia de hechos que afectan el devenir de la vida republicana.

En política, lo anterior constituye un escenario traducido en fantasías y fascinaciones que convergen en el tono de discursos oscuros premeditados y de tendencia populista engañosa.

La actuación del presidente Santos
En muchos pasajes de su labor como gobernante, ha sido por lo menos infortunada la actuación del presidente Juan Manuel Santos en la forma confusa de plantearle al país su filosofía de gobierno respecto a su ejecución, pues la mayoría del pueblo se ha sentido cuando menos engañado con sus promesas incumplidas, otras veces traicionado con sus actuaciones irregulares respecto a su obligación de cumplir su juramento constitucional para ejercer el cargo de presidente de la república.

El pueblo colombiano esperaba que en la negociación con las Farc, su gobernante hiciera valer y respetar la justicia, la dignidad del Estado de derecho, su institucionalidad, y el histórico modelo de país, a través de la suficiente autoridad que posee como presidente de la república. Sin embargo, el resultado que se observa es que el Estado perdió y los ganadores fueron las Farc, como bien lo han proclamado con suficiente razón sus dirigentes, pues ellos impusieron fácilmente las condiciones que quisieron al darse cuenta que estaban frente a un gobierno débil, lo que propició un escenario completamente desigual, pues los diferentes temas puestos en escena bien podrían haberse denominado con nombre único: ‘exigencias vs claudicación’, y en tales circunstancias las Farc consiguieron mucho más de lo que esperaban, y a cambio de muy poco.

Hay que aceptar que las Farc tienen razón de sentir el orgullo de triunfo que sienten, pues a ellos les asistía el derecho de exigir todo lo que quisieran, cosa distinta es que el presidente Santos se los haya concedido. El subsiguiente efecto para el país, o valga decir las consecuencias de tal claudicación, están aún por verse, a corto, mediano, y largo plazo.

En una entrevista que concedió el presidente Santos a la periodista Patricia Janiot de CNN, ante la insistencia en la pregunta que ella le hacía sobre la justicia (cárcel) aplicable a los criminales de delitos atroces, se observa en la respuesta cierta tendencia de favorecimiento hacia las Farc, pues insistió Santos en evadir contestar sobre su obligación de hacer valer la justicia, y al sentirse en cierta forma acorralado ante la objetividad con que la periodista lo presionaba por la respuesta, opta entonces por contestar vaguedades no desprovistas de cierto grado de cinismo, como decirle a la entrevistadora: “cómo se define una cárcel”, “qué quiere decir cárcel”, “qué es cárcel”, “usted cree que ellos van a entregar sus armas y simplemente a someterse”. Y por si faltaba algo de cinismo, acto seguido afirmó que “no habría impunidad…”

Es impensable para los ciudadanos oír hablar de tal manera a un presidente de la república, sin asomo de cómo apreciar su esfuerzo de cumplir la obligación constitucional de defender la patria.

El presidente Santos pasará a la historia con el grave precedente de haber sido el único gobernante capaz de desconocer un mandato del pueblo en las urnas, como ocurrió con el resultado del plebiscito del 2 de octubre de 2016. Al fin de cuentas, actuó como “le dio la gana”, exactamente con el mismo sentido que lo dijo para referirse a la pregunta de ese plebiscito: “el presidente tiene la facultad de redactar la pregunta que le de la gana”, y como no le gustó el resultado del mandato del pueblo, procedió de tal manera. Esto fue simplemente oficializar su talante dictatorial, pues en la filosofía política no se encuentra otra forma para calificar semejante actuación antidemocrática. Además, no es posible entender que el desconocimiento del mandato supremo del pueblo que negó lo que era un mal acuerdo para el país, esta grave impostura haya podido producir el contrasentido de la otorgación de un premio nobel.

El pueblo colombiano no puede aceptar estas imposturas presidenciales que parecen demasiado dicientes en detrimento de la causa republicana, y que por lo tanto preocupan significativamente al país y a su democracia, imposturas que marcarán una historia y un rumbo diferentes, y que por supuesto desdicen de lo que el país espera de su gobernante. Esto implica en primera instancia generar desconfianza para el pueblo, y la consecuencia conlleva a que el ciudadano se sienta desilusionado, y algo más: traicionado.

4 feb. 2017

¿Pasamos página?

Por @ruiz_senior

En la telenovela El cartel de los sapos se repetía una situación en que un bandido le proponía a otro "hacerle la vuelta" a un tercero. Era un intercambio de miradas y gestos que siempre conducía a la misma solución, con la correspondiente expresión de resignación del que tiene que fingir que le duele tener que mandar matar a un amigo, sobre todo porque cada interlocutor sabe que en cualquier momento será a él a quien el otro mande matar. Esa misma persuasión y esa misma resignación las viven los ciudadanos colombianos descontentos con la componenda de Santos y los terroristas: lo que les propone tácitamente el uribismo, con trampas retóricas, lloriqueo y hasta gritos, es "pasar página" al capítulo de la paz, darlo por cerrado y seguir adelante en la nueva realidad.

No es algo nuevo. Por ejemplo (y el lector de este blog perdonará la insistencia en algo descrito muchas veces), la expresión "paz sin impunidad" parece una exigencia dura frente al terrorismo, pero es en realidad reconocimiento a la negociación. SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE los líderes uribistas, empezando por el propio Uribe, han aplaudido la negociación con los terroristas, y ni siquiera porque crean en ella sino porque cuentan con que la mayoría de la gente va a aceptar el atajo y resistirse es exponerse a que se los acuse de causar la violencia. Esa disposición a secundar la mentira por cálculos de corto plazo describe a la perfección a los colombianos: la verdad es complicada y acarrea problemas, mientras que compartiendo la mentira se encuentra acomodo en una realidad más o menos conocida.

Lo de "Paz sin impunidad" es sólo un ejemplo. Hay muchísimos otros, como "Paz sí pero no así" en los que se secunda la mentira atroz de la propaganda del régimen (que convierte "negociación de paz" en una acepción de "paz"). Desde el comienzo la actitud del uribismo ha sido ese equilibrio gracias al cual por una parte exhiben descontento con Santos y las FARC (para "dar contentillo" a los que quisieran que hubiera oposición) y por la otra aplauden la negociación y se plantean mejorarla, incluso corregirla desde la presidencia de la república, que es desde donde se hacen los nombramientos, que es lo que importa.

Por eso las discusiones sobre los precandidatos uribistas son vacías y tediosas: puras rivalidades de camarillas que buscan algún disfraz ideológico pero que en ningún caso llegan a plantearse cuestionar la negociación de paz ni el poder multiplicado que tendrán los terroristas, que ya antes de "la paz" dominaban todo el poder judicial, la educación, la función pública, los medios de comunicación y hasta las redes sociales.

Realidades:

- La disposición a negociar con los terroristas, característica de todos los gobiernos colombianos, al menos desde Turbay (que también lo intentó), constituye una garantía de impunidad que alienta a los criminales, que saben que siempre podrán obtener algo, por mal que les vaya. No es sólo un vicio de los gobiernos, sino algo que tradicionalmente se acepta, por eso Pastrana se aseguró la elección en 1998 reuniéndose con Tirofijo (la habría arriesgado si se hubiera mostrado contrario a negociar), y las proclamas de Santos en su discurso de posesión no generaron una rebelión. Es decir, la disposición de los colombianos a sacrificar la ley en aras del posible alivio que obtendrían desistiendo de aplicarla es lo que alienta a los criminales. Hay que hacerle frente a esa disposición, no compartirla para no resultar incomprendido y en minoría.

- Los crímenes de que son reos los guerrilleros comunistas no se pueden pasar por alto y perdonar por la simple cobardía de unos ciudadanos. Ésa es una realidad universal, como una ley física, por mucho que en Colombia parezca que prescindir de la ley es una solución tolerable. El castigo del crimen es la base de la sociedad y nadie tiene derecho a suprimirlo. Si los colombianos actuales, acompañados por toda clase de canallas de otros países, desisten de aplicar la ley, ésta no deja de existir, menos desde que hay una jurisprudencia internacional que impide la prescripción de los crímenes de lesa humanidad. Los grupos políticos que renuncian a esa aspiración están por fuerza en el mismo bando de los terroristas, no importa que sean todos y que obtengan todos los votos. Las leyes que prohíben el asesinato o la esclavitud no son cuestionables. Los nazis impusieron "leyes" parecidas a las que emanan de la negociación de paz y a nadie se le ocurriría que su aprobación mayoritaria las hiciera legítimas. La exigencia de castigo por todos los crímenes terroristas es irrenunciable y todos los que buscan acomodarse a la paz firmada por Santos son simplemente cómplices de los criminales que esperan prosperar favoreciéndolos (como los policías que cobran una parte del botín a los ladrones).

- La negociación de Santos con los terroristas es ilegítima, parte de un fraude, dado que no fue elegido para eso ni prometió hacerlo. Es un crimen, porque al renunciar el Estado a la ley pierde su función y se convierte en una banda de forajidos, como ya señaló san Agustín hace unos cuantos siglos. Al prescindir primero del programa de gobierno, después de las leyes y finalmente hasta de la votación popular en el plebiscito que convocó, Santos se convierte en un delincuente y toda su negociación carece de legalidad y constituye claramente la abolición de la democracia. De lo cual se infiere que sin anular toda la negociación ni denunciarla ni procesar a quienes la han llevado a cabo tampoco se puede hablar de democracia más que como una farsa. Es una tarea compleja la que tiene por delante quien quiera hacerle frente a esa situación, pero la alternativa es simplemente reconocer el triunfo del crimen organizado, cuyas pretensiones son claramente las de implantar una tiranía sangrienta de la que sólo se saldría con mucho más sufrimiento. En todo caso, el Centro Democrático no se plantea nada de eso, sólo ganar las elecciones para ocupar los puestos de poder y nombrar a los amigos.

- Sin aspirar a cambiar profundamente el orden político existente, no sólo el surgido de la negociación de La Habana sino también el de 1991, cualquier gobierno será sólo un títere del verdadero poder, conformado por las instancias que controlan los clanes oligárquicos y sus socios terroristas: las altas cortes, la Fiscalía, aun el legislativo (dado el peso del clientelismo en la elección de los representantes), los medios de comunicación y ahora también el Ejército y la Policía, dada la apasionada determinación de los actuales mandos (y es de temer que de la mayor parte de la oficialidad) a prosperar aliándose con los grandes empresarios de la cocaína (FARC-ELN y sus jefes políticos oligarcas y comunistas). ¿Habrá una mayoría de ciudadanos dispuestos a acompañar una transformación semejante? Primero tiene que haber ALGUIEN que quiera hacerlo. De momento no lo hay, como explicaba en mi post anterior, el uribismo pudo cambiar el engendro de 1991 y no quiso hacerlo porque sus aspiraciones siempre han sido otras. Lo único que se puede decir es que si no se aspira a hacer eso tampoco se ofrece ninguna resistencia a la implantación de la tiranía que buscan los terroristas.

- El entorno internacional no es el mismo que encontraron Pastrana, Uribe o Santos. En Europa la socialdemocracia va en claro retroceso y el antiamericanismo podría llevar a situaciones comprometidas, dada la debilidad evidente de las potencias de la región y la agresividad de las tiranías islámicas y de Rusia. Puede que los amigos de las FARC fueran muchos menos que los que han tenido hasta ahora. También el régimen iraní hace frente a un presidente estadounidense cuya disposición es muy distinta a la de Obama. Y los demás narcorregímenes de la región tienden a caer a medida que baja el precio de las materias primas y se acrecienta el sufrimiento de sus víctimas y su consecuente impopularidad. Si no se emprende ahora la tarea de derribar el narcoimperio cubano, incluida la casa matriz, puede que en mucho tiempo no vaya a haber una oportunidad semejante.

- La economía colombiana afronta una situación desesperada como resultado del despilfarro de Santos y de la caída de los precios de las materias primas. Puede que las presiones sobre la exportación de cocaína la hagan caer aún más. La perspectiva en el año largo que queda hasta las elecciones es de empobrecimiento apresurado, con su consiguiente descontento popular. A lo cual hay que sumar la clara impopularidad de Santos y la agresividad de los terroristas triunfantes y sus hordas de asesinos universitarios. Pese a todas las maquinaciones y a toda la propaganda, es posible que un candidato dispuesto a extraditar a los terroristas y a llevarlos a la CPI por crímenes de lesa humanidad, así como a transformar el Estado en el sentido de la ley, pudiera convocar a una mayoría. El obstáculo es Uribe y su partido, que no se proponen nada parecido pero siguen siendo para millones de colombianos la encarnación de la única respuesta posible.

Fracasarán, pero además impedirán que Colombia se plantee acabar con la dominación terrorista. Es un hecho claro del que cada persona se hace responsable.

31 ene. 2017

Los sentimentales y los ambiciosos

Por @ruiz_senior

El liderazgo absoluto de Álvaro Uribe Vélez en la derecha colombiana se formó durante los duros años del Caguán, cuando la debilidad del ejército y la policía, creada deliberadamente por los gobiernos de Gaviria y Samper (ahora sabemos para qué) y reforzada por las campañas de las ONG financiadas por George Soros, permitió que los terroristas secuestraran a diez personas cada día y reclutaran a decenas de miles de niños, a veces quemando vivos a sus padres, como ocurrió en la zona de despeje.

Hacia 2001 y pese al esfuerzo de los medios de los López-Santos-Samper para calumniar al candidato y promover al ex miembro del Comité Ejecutivo Central del Partido Comunista, Luis Eduardo Garzón (toda vez que Serpa tenía demasiado rechazo por su actuación con Samper), ya había una clara mayoría que votaría por Uribe en las elecciones de 2002. Y eso a pesar de que hasta entonces la idea de ganar las elecciones y movilizar a la ciudadanía era más bien minoritaria. Los terroristas y sus socios tenían poquísimos partidarios, pero los descontentos se repartían entre los que esperaban una intervención estadounidense, los que apostaban por un golpe de Estado militar y los que confiaban en la redención que provendría de Castaño y sus muchachos (no hay que olvidar al prócer de la Universidad de Los Andes que evaluaba sobre el terreno el futuro de las AUC y que después resultó periodista asociado a los consejeros de Uribe).

El primer gobierno de Uribe tuvo unos resultados de ensueño, en parte como resultado de la recuperación de la confianza que derivaba de la voluntad de aplicar la ley, en parte porque la situación económica heredada era mucho menos desesperada que la que recibió Pastrana, y en parte porque los precios de las exportaciones nacionales habían mejorado. Durante el segundo periodo de Uribe se recogieron los frutos de esos avances, tanto en mejora de la economía como en victoria sobre los terroristas. El punto máximo de esa victoria lo constituyeron las marchas de febrero de 2008, que preludiaron la Operación Jaque.

Pero por entonces ya se veía la estrechez de miras de Uribe y su séquito. A pesar de que las Cortes mostraban en todo momento su determinación de impedir la labor de gobierno, en ningún momento se pensó en cambiar la Constitución impuesta en 1991 por los Castro a través de sus socios Escobar, el M-19 y el narcogobierno de Gaviria. Parece que cambiarla hubiera comportado reconocer que en esa época el Gran Líder estaba equivocado, pues entonces no fue en absoluto crítico de la nueva norma. Del mismo modo, cuando se pensó en una organización política distinta a los corruptos partidos tradicionales, ésta consistió en una componenda de la que se encargó nada menos que a Juan Manuel Santos y con la que se buscó reclutar a los gamonales que en las regiones controlaban las "maquinarias" de compra de votos, renunciando así a todo esfuerzo cívico de superación.

Es importante que se entienda que todo lo que sería el uribismo después se definió en esos años. Y no sólo el uribismo sino el rumbo del país, que dependía tanto de esa mayoría que se había formado resistiendo a la intimidación terrorista. La actitud de Uribe y su camarilla consistió en disfrutar de su integración en la casta dominante, a la que en absoluto se quiso combatir. Ya casi nadie recuerda que Enrique Santos Calderón se declaraba uribista, y que las figuras más conocidas del uribismo tenían columnas en El Tiempo. No importaba que la página de opinión consistiera en cinco artículos de propaganda terrorista y uno de un partidario del gobierno, pues a nadie se le habría ocurrido crear medios alternativos que reflejaran la opinión de la mayoría.

Cuando se planteó la cuestión de la sucesión, los cubanos y sus socios oligarcas tenían muy claro cuál era su ficha. Por eso usaron a los jueces parar perseguir a todo el que pudiera asomar como posible líder de la mayoría: de ahí la persecución a Plazas Vega en 2007, emprendida nada menos que por Humberto de la Calle y la revista Semana. También la persecución a Fernando Londoño por el asunto de Invercolsa formaba parte de la misma jugada, así como la campaña contra Andrés Felipe Arias por el AIS. Lo interesante es la falta de respuesta del uribismo, sin duda porque a ciertos personajes ligados al ex presidente les convenía hacer desaparecer esos estorbos, pero sobre todo por la extrema limitación del Gran Colombiano.

Digo "extrema limitación" porque recuerdo una frase que alguna vez usó Borges para describir a sus antagonistas: hay que dudar de su inteligencia para poder creer en su honestidad. Como sería delirante suponer que Uribe colaboraba adrede con los planes de los Santos, habrá que pensar que habrá hecho caso a los consejos de aduladores que sí compartían esos planes, y que lo llevaron a proclamar las bellezas del "Estado de opinión" y a cambiar de nuevo el "articulito" de la Constitución que prohibía la reelección continua. No se debe olvidar que entre los entusiastas del tercer periodo de Uribe figuraban tanto Santos como Roy Barreras y muchos otros próceres comparables. La persecución contra Arias no tuvo respuesta porque lo urgente era salvar la continuidad de Uribe.

De aquellos polvos estos lodos. En cualquier sociedad civilizada esos "errores" habrían dado al traste con la carrera de cualquier político, pero en Colombia predomina el servilismo y la tentación del caudillismo no le parecía demasiado escandalosa a nadie. Todavía hay quien no se ha dado cuenta de que el hombre imprescindible es el que impide una movilización masiva contra el régimen.

Pero los errores adquirieron un nivel espantoso cuando subió Santos y empezó a promover la negociación con las FARC y a perseguir al uribismo. Parecía mejor mirar para otro lado que denunciar la persecución o los fines de Santos y arriesgarse a perder a las clientelas que se pondrían de parte del gobierno por la asignación presupuestal y los puestos. De modo que no importaba que todos los congresistas del PSUN acosaran a Uribe, se seguía considerando que era su partido y en las elecciones de 2011 se votó por los mismos candidatos de Santos. Incluso estuvo Uribe haciendo campaña por el hijo de su compadre Roy Barreras. La presencia de Uribe no tenía por objeto oponerse a lo que hacía Santos sino demostrarle que era él quien tenía los votos. Y el resultado fue que el alcalde de Bogotá resultó ser Petro y un montón de personajes similares ganaron las principales gobernaciones y alcaldías.

La tiranía triunfó y avanza sin parar. El papel de Uribe y sus seguidores es hacerse intérpretes de la angustia popular con un lloriqueo incesante que nunca lleva a una política alternativa. Como liderazgo político fracasaron al permitir el ascenso de Santos, en 2011 reforzaron ese hecho y fracasaron en las elecciones, pero en 2014 fue peor, porque el tema de las elecciones no fue la abolición de la democracia, que se aceptaba para que no les atribuyeran los medios la condición de enemigos de la paz, y en cambio las propuestas de gobierno consistían en proveer universidad para todos. No se puede negar que hubo maquinaciones perversas y corruptelas en torno a la elección de Santos, pero si se hubiera planteado la elección entre las FARC y el país el resultado habría sido abrumador. Y si de todos modos hubiera ganado Zuluaga, lo más probable es que la firma de los acuerdos de paz habría dado el mismo resultado, según anunciaba el uribista Sergio Araújo (ver sobre todo párrafo final).

Todavía quedaba otra traición: la búsqueda de un acuerdo con las FARC para llegar a una Constituyente en la que salvaran alguna cuota de poder, y el consecuente rechazo al plebiscito, en el que se podría hacer frente a Santos. El plebiscito se ganó porque la tal paz es una monstruosidad que ultraja el honor de cualquier persona, no porque Uribe finalmente tuviera que apoyar el NO (aunque sus activistas preferían mayoritariamente la abstención). Y cuando resultaron valedores del NO, corrieron a ver qué tajada podían sacar, y al verlos tan mansos y amistosos, Santos sencillamente los despreció, y de paso a los votantes, e hizo lo que le dio la gana.

Para 2018 esperan recuperar algún poder con la candidatura de Iván Duque, un personaje que no representa ningún activismo ni es líder de nada, que fue incluido en la lista al Senado por voluntad soberana de Uribe y al que promueven todos los medios del narcorrégimen. De ser un candidato problemático para ellos ya lo habrían intentado matar o le habrían montado quién sabe qué escándalos. Es al contrario, y (perdón por la teoría de conspiración) parece alguien a quien acordaron promover para salvar la paz y evitar una confrontación que podría perjudicar tanto a los cubanos como a Uribe y su séquito.

El nivel del personaje es por lo demás penoso: su presentación de la "economía naranja" parece de un estudiante de secundaria, con errores gramaticales y ortográficos incluidos. La genial propuesta es bien una obviedad, el descubrimiento del agua tibia, pues nadie va a dudar que la autoría de los libros y las patentes va a ser más rentable, o bien una ocurrencia indecente, típica de los cientos de miles de inútiles que salen de las universidades colombianas, para gastarse el dinero público en complacer clientelas que de tener ideas eficientes las explotarían en el sector privado, y más probablemente en otros países.

Al primer cuestionamiento de Puentes Melo, el flamante candidato respondió con insultos impropios de un parlamentario ("a un bagazo poco caso" y otras lindezas). Para responder a las preguntas de Mackenzie salió proponiendo desterrar el fanatismo sin saberse a qué se refería, con el aplauso inmediato de demócratas como Uprimny y León Valencia, y ante la mención de su trayectoria de izquierdista becado por Soros (financiador casualmente de Uprimny y León Valencia) y asociado a sus redes, respondió con un cuestionario que le envían sus leales como senador (y no como posible aspirante a la presidencia), proclamando lo obvio, como si bastara su palabra ("no conozco personalmente a Soros", "no soy el candidato de Soros"). Sólo hay que figurarse la firmeza que tendrá un personaje así con personajes como los terroristas y sus valedores, con los que tendría que lidiar. Sería, no lo duden, peor que Santos.

Casi duele la cabeza pensar en la lista de patochadas que se deben al uribismo y que al parecer no cesarán. ¿Qué tal la hija de Angelino Garzón dirigiendo al CD en el Concejo de Bogotá? ¿Y el moirista Carlos Valverde, que asociaba a Uribe con el "paramilitarismo" en plena presidencia de Santos? No se observa en torno al CD ningún valor ni ningún proyecto, sólo la adhesión sentimental de gente que no se esfuerza en entender mucho, y la adulación eficaz de gente que sueña con curules, ministerios, direcciones, embajadas, consulados y demás sinecuras, y que esperan obtenerlas como recompensa del Gran Colombiano a su aprecio y lealtad.

En alguna ocasión decía Vargas Llosa que en nuestros países cada elección parece de vida o muerte, absolutamente agónica. La de 2018 podría serlo de verdad, siempre y cuando surgiera un candidato que se propusiera deshacer la obra de Santos, extraditar a los jefes terroristas, llevar a las FARC y el ELN (y aun al M-19) a la CPI por crímenes de lesa humanidad, procesar a los funcionarios que más abiertamente han obrado como agentes del terrorismo (sobre todo a Eduardo Montealegre y a la señora de Lucio) y convocar una Constituyente totalmente elegida que AL MENOS permitiera destituir a todos esos malhechores que han estado delinquiendo desde puestos de jueces y fiscales. Nada de eso hará el CD, la promoción de un candidato equívoco y claramente ligado al narcorrégimen (que hasta tiene a su hermano en un cargo diplomático) lo demuestra.

Ya son 17 años de unidad y de inexplicable derrota de la mayoría (y de la ley, la justicia, la democracia y los derechos humanos). A estas alturas nadie tiene excusa. Los que creen que apartándose del Gran Timonel se exponen al ridículo y a la insignificancia deberían darse cuenta de que sin apartarse sólo contribuyen a legitimar el narcorrégimen, cuya "paz" no se contesta como el crimen que es, sino que se intenta mejorar con la participación de los amigos de Uribe.

17 ene. 2017

Colombia respetada

Por Jaime Castro Ramírez

Los pueblos se merecen su propio destino y tranquilidad social a partir de sus propias decisiones políticas para vivir en democracia, lo cual les permite a la vez mantener la tranquilidad que implica el respeto a los modelos político y económico, lo que consiguientemente garantiza un nivel social ordenado en su estructura básica de convivencia, con la ayuda de la circunstancia enormemente valiosa de vivir en libertad.

El valor histórico de la democracia colombiana permite observar la consistencia política que ha prevalecido en el tiempo para mantener la independencia, y mantener la condición de país respetable ante la comunidad internacional por el respeto interno a los valores democráticos. Esta ha sido una tarea político-filosófica muy valiosa y patriótica por parte de los gobernantes que han cumplido su compromiso de respetar el deber constitucional de conservar el status democrático, cuyo soporte son obviamente las instituciones que conforman el Estado de derecho.

Lo que inquieta grandemente a los colombianos
La democracia colombiana, a pesar de su solidez histórica, parece acercarse ahora al espejo que produce imágenes preocupantes con visos de distorsión política, lo que sin duda intranquiliza a los colombianos, pues en tal sentido se observa un inesperado y posible tropiezo de debilitamiento de la democracia como consecuencia de la forma unilateral de excesivas concesiones por parte del actual gobierno en el manejo del proceso de paz.

En nombre de la paz no es permitido claudicar entregando o debilitando el patrimonio democrático e institucional de la república. Bienvenida la verdadera paz, la cual no se logra a este costo, pues de esta manera lo que eventualmente puede producirse es el efecto contrario porque se desvirtúa la propia filosofía de la paz, y así no es posible lograr el equilibrio social de entendimiento.

Además, es conveniente entender razonablemente el argumento de que la paz es un derecho supremo de la humanidad, y por consiguiente se requiere un balance equilibrado en la negociación de tal derecho con quienes han sido exponentes de violencia, para que su efecto sea sostenible en el tiempo.

Esto nos lleva entonces a un elemental análisis que consiste en decir que la verdadera paz la necesitan, tanto quienes han hecho parte de los grupos que han estado al margen de la ley, con quienes negocia el gobierno para que sean reincorporados a la sociedad y vivan tranquilos disfrutando sus derechos ciudadanos, como también la necesitan todos los demás colombianos, y si se pierde ese equilibrio que debe existir en tal negociación, pues la conclusión es que no se logrará la paz porque se pierde el hilo de su verdadera percepción filosófica, lo cual conlleva a la pérdida de la confianza pública en el concepto de paz, y el resultado puede terminar generando nuevas violencias.

El gobernante frente a la historia
Un gobernante debe pasar a la historia por haber cumplido a cabalidad su deber con la patria, y esto como resultado de haber acatado el mandato que el pueblo le confirió en las urnas. Es la única forma de que la historia evalúe con grandeza y aplauda su perfil de demócrata y de estadista respetable por sus realizaciones como gobernante. Si no hubiese sido así su desempeño, si dejó imagen oscura por los actos de su conducta frente a sus responsabilidades, y peor aun si por acción u omisión descuidó o atentó contra los cánones de la democracia, en esta forma de actuar lo que obtendrá será el juicio de la historia que lo señalará como responsable de haber cambiado el rumbo tranquilo del país por el dramatismo de aventuras de vida incierta para la sociedad.

Colombia respetada puede interpretarse como la expresión que dignifica la categoría de república basada en su soberanía, su libertad, y su historial democrático, al igual que su ordenamiento legal regido por la Constitución y la ley. A respetar irrestrictamente estos postulados tienen que comprometerse los gobernantes al jurar su cargo.

13 dic. 2016

Santos dividió el país

Por Jaime Castro Ramírez
Elemento muy importante de convivencia de una sociedad lo constituye el hecho de que exista un criterio común identificado como cohesión social, lo cual representa la unidad de país. Según la Constitución y la ley, y según la filosofía política, a los gobernantes les corresponde generar la dinámica social apropiada para encontrar la confianza pública que respalde y acepte con convencimiento ese concepto de cohesión social, dinámica que consiste básicamente en la ejecución de políticas públicas que convoquen la voluntad popular de unión entre los diferentes sectores de opinión.

Así se construye ambiente público de buen patriotismo, así se construye país, lo cual solo se logra a partir de una condición sine qua non que es el respeto del gobernante hacia la institución democrática, y por supuesto cumpliendo con la obligación de respetar las decisiones y mandatos del pueblo. Sin el cumplimiento de estos preceptos no puede haber unión ciudadana.

Colombia en manos del presidente Santos

Un gobierno no puede ser monotemático en su gestión, pues eso implica quedar en deuda porque los frentes que debe atender son diversos. En el caso del presidente Santos, ocho años correspondientes a dos periodos de gobierno hablando solo del tema paz, y la economía mal, la salud un desastre, se mueren los niños por desnutrición, el agro descuidado, pero lo que sí ha generado es una cascada de impuestos cuyo beneficio social no se ve porque el dinero que pagan los contribuyentes se refunde entre el ilimitado derroche oficial y la mayor corrupción campante de que se tenga noticia con la llamada ‘mermelada’. Se da lo contradictorio: mal manejo de la economía, pero se impone una carga tributaria casi que confiscatoria. Es la principal razón por la que por lo menos ocho empresas multinacionales que funcionaban en Colombia han decidido abandonar el país y migrar a otras latitudes a montar sus negocios, con el efecto negativo que esto tiene en la disminución de empleo.

En términos de realidad política, lo desafortunado podría ser llegar a una conclusión en el sentido de que la paz pueda quedar por verse, pues existen diferentes grupos violentos en el país, y Santos le llama ‘Colombia en paz’ a un acuerdo de concesiones unilaterales que le hizo a uno solo de esos grupos. Entonces, el análisis que queda pendiente es determinar si con una tarea inconclusa de paz se podrá justificar un premio nobel de paz, o si también quedará en deuda.

Lo que sí es evidente es que el presidente Santos con el tema de la paz no unió a los colombianos sino que hizo lo contrario, con expresiones desafiantes e irracionales en boca de un jefe de Estado, falacias argumentativas tales como: “enemigos de la paz”, “extrema derecha”, “los del nunca”, lo que logró fue dividir el país en vez de convocar a la unión como requisito indispensable para hablar de paz, al punto de que las mayorías nacionales derrotaron en el plebiscito lo que presentó como acuerdo de paz, y lo derrotaron no por ser enemigos de la paz, ni de extrema derecha, ni cualquier otro adjetivo divisionista, sino por tratarse de un mal acuerdo para el país, ungido con el nombre de paz.

Las encuestas dan cuenta del resultado del desatino de Santos como gobernante y lo califican como el presidente con más baja popularidad de la historia, tanto que ya no se expone en escenarios públicos por temor a las rechiflas que le han propinado. Ahora se trata de un premio nobel a quien el pueblo no lo quiere, y sin apoyo popular es difícil gobernar.

29 nov. 2016

Engaño al pueblo

Por Jaime Castro Ramírez

La democracia tiene su principal valor histórico en la respetable voluntad del pueblo para tomar decisiones en su condición de constituyente primario. Esto significa que su estatus es la máxima instancia de autoridad política, y cuando el pueblo en uso de su soberanía expide un mandato, tal decisión tiene que ser acatada íntegramente por quienes ejercen el poder, pues éstos simplemente son agentes a quienes el mismo pueblo les ha otorgado ese poder, y en consecuencia, tienen la misión de ser representantes de esa voluntad popular cumpliendo y haciendo cumplir sus mandatos. Por eso se dice coloquialmente que “la voz del pueblo es la voz de Dios”.

Lo ocurrido con el acuerdo de paz y el plebiscito
La laxitud política del gobierno en la mal llamada “negociación” de un acuerdo de paz, se configuró en un débil escenario donde predominaron las concesiones, a cambio de muy poco a favor del Estado colombiano y sus instituciones. Este estado de evidente y plena inferioridad política del país frente a la contraparte, hizo que los colombianos tomaran conciencia patriótica al observar la figura claudicante de la democracia, y la consiguiente amenaza de conformación de un sistema comunista, sistema propuesto abiertamente por las Farc.

Estas condiciones llevaron a que la mayoría de los colombianos que concurrieron a las urnas en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, le dijeran NO al Acuerdo firmado por el presidente Santos y las Farc, cuya consecuencia era entonces la negociación de un “nuevo acuerdo”, y de ninguna manera –como lo dijo el gobierno Santos– hacerle “ajustes o precisiones” al anterior acuerdo que el pueblo rechazó. Pues como se suele decir, ‘quién lo creyera’, pero el presidente de la república optó por desacatar el mandato del pueblo. Necesitó cuatro años para estructurar un acuerdo entreguista, por lo cual fue derrotado en las urnas, y en un mes y medio permitió que simplemente a ese acuerdo inicial se le maquillara con “ajustes y precisiones” menores (engaño al pueblo), ningún cambio sustancial sobre lo que el pueblo rechazó, y a eso le llamó “Nuevo Acuerdo” y con la condición de inamovible.

En conclusión, el presidente Juan Manuel Santos no respetó el mandato del pueblo y procedió a imponer el mismo acuerdo inicial. La historia le juzgará esa impostura de irrespeto contra el pueblo y la democracia.

La refrendación del acuerdo de paz
Fue promesa única, convertida en muy ‘serio’ compromiso del presidente Santos con los colombianos cuando dijo que “únicamente el pueblo tenía la facultad de refrendar el Acuerdo que él firmara con las Farc”. Después de hablar de un referendo como mecanismo de refrendación, luego dijo que el referendo era un “suicidio” (porque tenía que preguntar al pueblo sobre las concesiones a las Farc), y entonces dio todos los bandazos posibles ante el congreso de la república para que le aprobaran un plebiscito sin umbral de participación obligatorio para que hubiera decisión, que es del 25% del censo electoral vigente, y que solo le aprobaran umbral de decisión con disminución al 13% del censo electoral vigente, todas estas maromas como una estrategia electoral para ir a la fija a las urnas.

Pero todavía no era suficiente esa ventaja del umbral y entonces procedió a montar una gigantesca campaña publicitaria en todos los medios de comunicación, y a comprometer a los gobernadores y alcaldes, así como a todos los congresistas de la unidad nacional, y a los empleados públicos, para que hicieran campaña por el SI en el plebiscito. Como se puede apreciar, contra viento y marea el pueblo votó NO a la claudicación del país y su democracia.

Promesa incumplida
Sin ser la primera vez que el presidente Santos incumple lo prometido a los colombianos, en esta ocasión no tuvo inconveniente en echar reversa a su promesa de refrendación del Acuerdo por parte del pueblo (lo que él llamó “Nuevo Acuerdo”). Esta vez decidió que fuera el congreso de la república el refrendador, los mismos congresistas que fueron derrotados por el pueblo en el plebiscito, los mismos congresistas ‘enmermelados’ y por lo tanto incondicionales cuando se trata de aprobar los requerimientos presidenciales.

Ahora incluso, el presidente y el congreso, pretenden que la refrendación se cumpla simplemente sometiendo a votación una “proposición”, figura de muy poco rango de importancia política que existe en el congreso de la república. Así de fácil, a pupitrazo limpio. Además sin legitimidad porque el congreso de la república no está facultado constitucionalmente para refrendar acuerdos de paz, y menos aun puede tener facultades para aprobar por votación lo que el pueblo negó con la soberanía del sufragio. Lo que si tiene facultades el congreso es para la implementación del acuerdo de paz.

En esto ha quedado entonces el mandato del pueblo en el plebiscito, y la grande promesa del presidente Santos en el sentido de que la refrendación del acuerdo de paz la haría el pueblo en las urnas.

12 nov. 2016

Así nos miente Uribe

Por @ruiz_senior

A pesar de las desavenencias que hay entre los que no apoyan a Santos y su componenda con las FARC, casi nadie en ese bando cuestiona lo que hace y dice Uribe. En cuanto alguien desaprueba levemente sus actuaciones saltan las voces que advierten sobre el peligro de división. Y esas advertencias tienen un éxito tremendo, no por las pías intenciones de los que las reciben sino porque el "calor de establo" ejerce una atracción irresistible. Nadie quiere estar solo, todos prefieren renunciar a sus valores antes que verse aislados e irrelevantes.

Pero los 16 años que lleva Uribe como líder indiscutido de la derecha en Colombia sólo han servido para que la minoría comunista y sus aliados oligarcas triunfen de forma absoluta. A estas alturas no hay nadie serio que crea que el próximo presidente será uribista ni que el éxito rotundo de las FARC se podrá echar atrás.

Y el principal motivo por el que se mantiene esa unidad es el sentimentalismo de los seguidores, que hacen pensar en quien no rompe un compromiso matrimonial después de ver a su novia intentando robarle, o insinuándose a otros hombres, o bien en aficionados de fútbol que defienden a un director técnico a pesar de que con él el equipo siempre pierde. Por ese mismo sentimentalismo, complementado con el pragmatismo de los que sólo piensan en prosperar desde cargos públicos, es por lo que la representación del Centro Democrático en el Concejo de Bogotá la dirige nada menos que la hija del genocida Angelino Garzón, siendo ese parentesco el único mérito de la pensadora, o que, gracias a los votos del mismo partido, el nuevo procurador general de la nación es un mafioso muy ligado a Santos. Todo se le perdona al amado líder, como esas madres de delincuentes que se hacen cómplices de sus desmanes.

Para evaluar lo que dice con un poco de objetividad voy a comentar sus respuestas a la entrevista que le hizo la ex diputada del PP español Cayetana Álvarez de Toledo, publicada en El Mundo el pasado 6 de noviembre.
El pasado 2 de octubre, Álvaro Uribe sorprendió al mundo y probablemente también a sí mismo. Contra todo el poder y todos los pronósticos, cuando hasta sus amigos lo tenían por un loco o por un muerto político, logró que los colombianos rechazaran el acuerdo de paz patrocinado por el Gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC. El 'No' obtuvo el 50,2% de los votos en un plebiscito que se diseñó para ser ganado. Y Colombia se paralizó. 
La señora Álvarez de Toledo al parecer no sabe que durante años el uribismo se ha opuesto a la celebración de ese plebiscito porque temía perderlo y porque prefería ostentar una representación indefinida que permitiera llegar a una Asamblea Constituyente acordada con las FARC (de ahí las reuniones con Enrique Santiago y Álvaro Leyva). ¿Cómo que Uribe resulta el autor del triunfo del NO? Muchos líderes de su partido propusieron abstenerse para no tener que tomar partido en contra de la "paz". Y cuando finalmente dijeron que votarían NO lo hicieron lamentándolo, declarando que se veían obligados a hacerlo contra su voluntad. Realmente se podría decir que sin Uribe y su partido, al que la propaganda calumniosa asocia con los "paramilitares", la votación por el NO habría sido mucho mayor, dado que al narcorrégimen le haría falta un Goldstein contra el cual dirigir el odio. La inmensa mayoría de los colombianos rechazan a los terroristas, el plebiscito era claramente una propuesta de premiarlos y reconocerlos, atribuir ese éxito a Uribe, cuyo partido casi no hizo campaña por el NO porque se veía ante una nueva derrota, es una grave ligereza.
[...]
¿Qué es la paz?
...Santa Teresa decía que la paz es la tranquilidad del orden.
 
Cierto. Puede haber paz sin democracia. Por eso es un error contraponer la paz al terrorismo. ¿No cree?
En mi etapa como presidente, yo hablé siempre de una política de seguridad con valores democráticos. Me preguntaban: ¿Y la paz? Y yo decía: la seguridad es el camino a la paz.

Si usted acepta la necesidad de la paz, acepta la existencia de una guerra. Es decir, de un conflicto entre dos fuerzas igualmente legítimas. Como en España contra ETA, ¿no es mejor reivindicar la democracia o directamente exigir libertad?
Yo nunca he aceptado para Colombia los conceptos "conflicto" o "guerra". Esas palabras ganaron fuerza en América Latina para referirse a la lucha de insurgencias civiles armadas, sin narcotráfico, contra dictaduras militares. Colombia es una democracia, en permanente perfeccionamiento. Las FARC empezaron como una guerrilla marxista-leninista y han acabado en el narcotráfico. Hoy son el mayor cártel de cocaína del mundo. Fueron protegidas por Chávez en Venezuela. Y ahora, con el acuerdo firmado con el señor Santos, pretenden imponer ese mismo modelo marxista-leninista en Colombia. Es decir, convertir Colombia en una segunda Venezuela.
Luego, hablar de "guerra" o "conflicto" es lícito para Centroamérica pero no para Colombia debido a la participación de las FARC en el negocio de la cocaína. ¿Qué se diría de ETA? Ahí sí había un "conflicto" porque la relación de ETA con la "delincuencia común" no era tan evidente. La "salida por la tangente" (Uribe no contesta a la pregunta) corresponde a la necesidad de ocultar el apoyo de Uribe y su partido a "la paz", que no sólo presenta el problema de dar por sobreentendida la igual legitimidad de ambos bandos, sino que en Colombia simplemente significa "negociación de paz". Uribe apoya la negociación de paz y sólo pretende mejorarla con su participación, por eso evita contestar acerca de si no es mejor negar legitimidad a la negociación. La mención a las dictaduras militares es también falaz: los sandinistas, la guerrilla guatemalteca y el FMLN eran organizaciones castristas, no demócratas que se opusieran a dictaduras.
Si esos acuerdos son tan dañinos, ¿por qué los ha firmado el presidente Santos? No parece un revolucionario. Fue su amigo, su ministro, su sucesor.
No lo sé. A mí me dicen: Santos no es Castro ni Chávez. Y yo lo acepto. Pero a mí no me interesan las motivaciones personales, sino los hechos. Yo no puedo leer la mente de Santos, pero sí puedo leer los textos que firmó en La Habana. Y esos textos son una grave amenaza para la democracia y la economía colombianas.
De nuevo miente Uribe para no dar cuenta del hecho de que en aras de llegar al poder y aun de mantenerse en la presidencia se alió con la familia Santos, dueña del principal periódico e influyente en todo el Estado. ¿No conocerá la entrevistadora la historia del hermano mayor del presidente, que es el virrey de los Castro y en realidad el principal jefe del terrorismo en Colombia? Santos no es Castro ni Chávez del modo en que tampoco Castro es Chávez. Respecto de la implantación de la tiranía en Colombia Santos es lo mismo que Castro o Chávez, y Uribe tenía que saberlo pero nada de eso le importaba cuando se trataba de permanecer como presidente un tercer periodo. Todos los que podrían estorbar a Santos empezaron a sufrir persecución judicial durante el gobierno de Uribe, el coronel Plazas Vega fue encarcelado en 2007 y la campaña de difamación contra Andrés Felipe Arias empezó en 2009 sin que el gobierno hiciera nada por impedirlo. Pesaba más la alianza con los poderosos clanes oligárquicos.
[...]

Un Estado democrático ¿puede negociar con una organización terrorista?

Yo nunca he negado la posibilidad de negociar. En su día me reprochaban: usted los llama terroristas pero luego negocia con ellos. Yo respondía: es un proceso de desarticulación del terrorismo; se negocia con unas condiciones inamovibles, que no generan daño a la democracia. En mi gobierno se logró un sometimiento atípico del terrorismo a la justicia. 
¿Atípico?

Se desmovilizaron 35.000 paramilitares y 18.000 guerrilleros. Los rasos no fueron a la cárcel. Los cabecillas sí, en períodos de cinco a ocho años. No se les concedió elegibilidad política y no se negoció con ellos la agenda nacional. Fue una desmovilización con beneficios judiciales de acuerdo con la ley colombiana. 
¿El Estado de Derecho no cedió?

Se hizo una ley para regular el proceso. Pero todo de acuerdo con la Constitución y la legislación ordinaria.
¿Los desmovilizados fueron juzgados por tribunales ordinarios?

Ahí siguen todavía. Por eso hablo de un sometimiento atípico a la justicia, con generosidad pero sin impunidad. Y sin riesgos para nuestra democracia. No como ahora.
A la pregunta de si un Estado democrático puede negociar con una organización terrorista, Uribe tampoco responde y en cambio habla de las desmovilizaciones de "paramilitares" y guerrilleros. ¿Qué tienen que ver los guerrilleros que desertaron con negociar con una organización terrorista? Simplemente la mención de éxitos que adornan la respuesta: SÍ. Uribe no sólo apoya la negociación del Estado con las FARC sino que la buscó por diversos medios, sin que los terroristas se avinieran porque les resultaba más cómodo guarecerse en Venezuela y Ecuador y esperar a que llegara un gobierno más conveniente.
[...]
Vamos al contenido de los textos. ¿Usted rechaza cualquier concesión a las FARC?
No. Nosotros aceptamos que hay que proteger a las FARC. 
¿Proteger?
Sí, proteger su vida. Lo que no aceptamos es que, para ello, se constituya una unidad al estilo de la policía política cubana. Con capacidad para controlar a funcionarios, empresas privadas de vigilancia... ¿Pero qué lógica tiene? El Estado y las FARC, como si fueran homologables, trabajando codo con codo contra los presuntos sucesores del paramilitarismo.
De nuevo, la cuestión de las concesiones a las FARC no se contesta. ¿Dónde estaba en la pregunta el asunto de si los terroristas quedaban desprotegidos? ¿Qué tiene eso que ver con negociar la política agraria y tantos otros temas de una negociación a la que Uribe no se opone? Tiene que parecer conciliador y a la vez firme, y la única forma en que puede hacerlo es eludiendo las preguntas.
¿La Justicia puede ser "transicional"? Es decir, ¿el Estado de Derecho puede ponerse en paréntesis para acabar con el terrorismo?
Nosotros hemos aceptado que haya una Justicia transicional sin impunidad total. Queremos que de esto se ocupe la justicia ordinaria o una justicia suficientemente articulada con ella. 
¿Qué significa "suficientemente articulada"? O hay un tribunal especial o no lo hay. O actúa la justicia ordinaria o la que actúa es especial.
Bueno, puede haber una sala de justicia transicional en la justicia ordinaria. O puede haber un tribunal especial orgánicamente integrado con la justicia ordinaria.
¿Compuesto por quiénes? ¿Escogidos por qué autoridad y cómo? ¿Sólo colombianos?
Se ha propuesto que sean magistrados colombianos y que tengan los mismos requisitos que los magistrados de nuestros tribunales ordinarios.
¿Y esto no es un cambio respecto a su postura en la campaña?
Nosotros aceptamos esto para corregir la impunidad total de las FARC que contemplan los textos de La Habana. 
Es decir, aceptan el principio de excepcionalidad.
Para eliminar el peligro de impunidad absoluta. 
¿Por qué absoluta?
Porque, según los acuerdos, una serie de delitos graves como el narcotráfico son conexos, están vinculados, con el delito político. Y los delitos políticos son amnistiables. 
Deme un ejemplo.
A un jefe de las FARC le bastaría con reconocer que estuvo implicado en el narcotráfico para financiar la revolución. Y ya. Delito político. No iría a la cárcel. Y tendría pleno derecho de elegibilidad política. 
¿Y qué ocurre con otros delitos como el asesinato o el secuestro?
Las FARC han secuestrado a más de 11.700 niños. Han violado a más de 6.800 mujeres. El acuerdo pactado por Santos dice que basta con reconocer el delito para no entrar en la cárcel. Libertad de movimiento, sí. Prisión, no. Esto es inaceptable desde el punto de vista de la legislación colombiana, de la internacional y del más elemental sentido de la proporcionalidad.
Todo este bloque de preguntas lleva a la cuestión central: todo lo que escandaliza a la entrevistadora es lo que Uribe tiene que eludir, no sólo porque nunca se ha opuesto a la negociación de La Habana sino porque ya ocurrió con el M-19 con el apoyo de Uribe. ¿Cómo es que no menciona la verdadera composición del poder judicial colombiano, una agencia castrista más siniestra que las FARC gracias a la Constituyente de 1991 que él apoyó? Cuando le preguntan (siendo que le parece intolerable que el narcotráfico sea delito conexo con el político) qué ocurre con el asesinato y el secuestro, no contesta porque tendría que reconocer que eso lo ha aceptado siempre, que está entre otras cosas en el texto de la Constitución que pudo cambiar siendo presidente pero no quiso (mientras que ahora sí quiere cambiarla consensuándola con las FARC). En la postura de Uribe ante la negociación de La Habana destaca el reconocimiento del "delito político", esa monstruosidad colombiana según la cual un crimen resta de la pena de otros y el que quiere abolir la democracia tiene menos castigo (más bien ninguno) por matar. Oponerse rotundamente a eso le cerraría a Uribe y a su partido las puertas de la negociación. No es lo que les interesa.
¿Qué alternativa propone?
Proponemos que el narcotráfico no sea un delito político. Entre otras cosas, porque es la causa de todas las tragedias colombianas. Y proponemos que para el resto de delitos graves las penas sean adecuadas y proporcionales.
 
¿Distintas a las que figuran en el ordenamiento actual?
Las del ordenamiento normal reducidas.
 
¿Reducidas?
Siempre y cuando haya verdad y reparación.
 
O sea que usted aceptaría para los miembros de las FARC penas reducidas y menores que las impuestas a los presos comunes.
Por supuesto.
Me sorprende.
El Gobierno y las FARC quieren evitar a toda costa que los miembros de las FARC pisen la cárcel. En estos instantes se está examinando el tema. Yo he interrumpido la reunión con los representantes del Gobierno para venir a contestarle a usted... Tiene que entender que es un momento difícil. Delicado. Lo único que tengo claro es por qué nos opusimos, por qué dijimos No. Ahora estamos en la mesa de negociaciones decidiendo hasta dónde llegamos. 
¿No sabe aún cuáles son sus límites?
No sabemos cómo acabarán las negociaciones.
El lector debe saber qué se está diciendo: el tráfico de cocaína no puede quedar impune, el asesinato y el secuestro sí, y el motivo es que al menos se les arranca eso al gobierno y a las FARC, esa leve concesión, que los castiguen por algo. En Colombia eso se acepta, insisto, está en la Constitución que Uribe promovió y defendió. Y lo trágico en medio de todo es que la gente votó contra los terroristas para que Uribe y sus amigos cobren ese triunfo en cuotas de poder para ellos. ¿Quién podría interpretar cuánta impunidad puede darse a los terroristas si dejan de matar? Uribe sólo piensa en conseguir un cambio constitucional que le permita volver a la presidencia, no importa si eso significa cogobernar con las FARC, pues ¿no es promotor del antiguo miembro del Comité Ejecutivo Central del Partido Comunista de Colombia y vicepresidente de la Unión Patriótica Angelino Garzón? ¿Acaso este jefe terrorista se ha opuesto alguna vez a su antiguo partido? ¿No llevó Uribe en su lista al Senado al jefe terrorista Everth Bustamante, que obviamente tampoco se ha apartado de su ideología ni menos colabora en el esclarecimiento de los crímenes de su banda? El rechazo de los colombianos a los terroristas sirve sólo para que este socio de ellos obtenga poder.
Ciertamente, es más fácil saber por qué uno no quiere una cosa que precisar lo que uno sí quiere o estaría dispuesto a aceptar.
La impunidad genera una gran vulnerabilidad jurídica. Mire la ley de amnistía de El Salvador de 1993. Todo el mundo la aplaudió. Y ahora la Corte Suprema la ha declarado inconstitucional. La historia de Colombia ha demostrado que de amnistía total en amnistía total no se va a ninguna parte. La amnistía alimenta el terrorismo. La impunidad es la partera de nuevas violencias.
Pero ¿qué pasa con la impunidad del M-19? No es que Uribe la haya apoyado, también fue el ponente de una ley que la reforzaba, pero más allá aún, hace elegir a uno de los que la disfruta. No sólo es un promotor de la impunidad sino un socio de hecho de los criminales. El que lo dude puede explicarme cuándo han colaborado Angelino Garzón o Everth Bustamante con el esclarecimiento de los crímenes en que tomaron parte, o cuándo han renunciado a su pasado terrorista. Sencillamente Uribe explota el descontento con las FARC para sus propios intereses espurios.
Sí, lo entiendo y lo comparto. Pero insisto. Ha ganado el 'No'. Y usted tiene ahora la posibilidad y la responsabilidad de negociar. ¿Hasta dónde va a llegar? No pretendo que me dé los detalles. Me refiero casi en términos morales.
Es un momento tan difícil... Tenemos buena voluntad... Hasta dónde estamos dispuestos a llegar... Por favor, que los acuerdos no pongan en riesgo la democracia. Por favor, que tengan un grado de justicia. Por favor, que se limite la elegibilidad política. 
Eso es el 'No'. ¿Cuál es su 'Sí'?

Usted me pide precisiones que no puedo darle. 
No le pido precisiones. Quiero entender su posición.

Yo he sido partidario de que los responsables de delitos atroces no puedan ser electos. Se está examinando la alternativa de que, una vez cumplidas sus condenas, sí puedan serlo. Ese tema está en discusión. 
¿Y usted eso lo apoya?

Yo creo que la democracia ya da oportunidades a las personas. Y por tanto que los responsables de delitos atroces no deben tener el derecho a ser electos. 
¿Nunca?

Nunca. Ni cumplida la condena. Es una norma sabia, introducida en muchas legislaciones. Por cierto, España es una de las excepciones. Y aquí... pues mis compañeros del 'No' están buscando alternativas... Porque el Gobierno está negociando con nosotros, pero no sabemos al final qué hará con las FARC. 
¿A qué se refiere?

Me refiero a si al final van a incorporar o no nuestras modificaciones. 
El señor Santos ha dicho en Londres que espera que usted se suba al carro de un nuevo acuerdo, pero que si no lo hace será usted el que se quede aislado porque él seguirá adelante en busca de la paz.

Él vive en eso. No acepta debates aquí. Y llega a Europa y lanza este tipo de amenazas. Yo prefiero no responderle porque lo importante es pactar reformas en defensa de la democracia colombiana. Pero sí percibo una diferencia notable entre el presidente amenazante, el soberbio a 8.000 kilómetros de distancia, y el equipo negociador del Gobierno, trabajando aquí con nosotros, con buena disposición.
Hay una cuestión que todo el mundo pasa por alto. ¿Quiénes son los responsables de crímenes atroces? Sin ir más lejos, no hay pruebas claras de que Hitler ordenara matar a los judíos en cámaras de gas. Puede que ni siquiera matar a los judíos. No digo que alguien pueda suponer que no lo ordenara, sino que ante un tribunal nadie podría llevar las pruebas. ¿No son responsables los Castro de TODOS los crímenes cometidos por sus tropas en Colombia? ¿No es responsable el Partido Comunista de todo lo que hagan las FARC? ¿Y Enrique Santos? La cuestión del castigo a los crímenes atroces termina en que algún peón (sin autoridad, sin información, sin madurez personal, asustado y ebrio de mentiras de las que producen Molano y otros amigos de la paz) termina pagando cárcel mientras que los que dan las órdenes disfrutan del poder obtenido gracias a esos crímenes. El problema no es la impunidad, no es el castigo de los crímenes, sino sencillamente que éstos no resulten la fuente del derecho, que es lo que ocurre cuando el Estado renuncia a la ley y se alía con los transgresores. La complacencia con esta atrocidad es lo que oculta Uribe.
Quiero pedirle otra reflexión sobre la elegibilidad política de los terroristas. En España una persona acusada pero no condenada, a veces ni siquiera juzgada, por corrupción queda socialmente proscrita de la política. En cambio un terrorista convicto -Arnaldo Otegi, por ejemplo- recibe todo tipo de apoyos políticos y mediáticos para volver a las instituciones. En Colombia, incluso se contempla que terroristas hagan política sin cumplir un día de condena. ¿Por qué?
Porque todavía queda el rescoldo de aquella doctrina que trataba de manera benigna, incluso exaltaba, la acción criminal si tenía argumentos políticos. En Colombia, bajo mi gobierno, aprobamos la muerte política de los responsables de actos de corrupción contra el Estado. Pero incluso personas que votaron 'No' aceptan que terroristas se dediquen a la política. Por eso es tan importante no legitimar el terrorismo. Lamentablemente, esto no va a quedar bien del todo. Lo que el Gobierno ha pactado en La Habana es tan grave que nuestras reformas no bastarán para decir claramente: el terrorismo no sale a cuenta. No lograremos eliminar del todo ese dañino premio al terrorismo. Somos conscientes de que la situación del país exigirá hacer concesiones, aceptar cosas que nos disgustan profundamente.
Puede que la señora Álvarez de Toledo, que al parecer lee mucho, dedique un ratito a conocer la historia del M-19, el EPL o la "Corriente de Renovación Socialista", cuyos líderes no sólo hacen política sin pasar un día de condena (gracias entre otros a Uribe) sino que "gobiernan" (como el anterior alcalde de Bogotá) y dan clases de moral. Todo eso a lo que Uribe tiene que resignarse es lo que antes promovió, e insisto, ¿cómo se va a entender que algún jefe de las FARC tenga que pagar cárcel por sus crímenes si los que se oponen eligen a un asesino del mismo rango como senador?
¿Está diciendo que el proceso ha causado un daño objetivo y en algunos aspectos irreparable? 
En algunos aspectos, sí. Si Santos hubiera seguido las políticas de seguridad de nuestro Gobierno, si hubiera cumplido lo que prometió, Colombia habría ganado la paz sin legitimación del terrorismo. Porque los 5.650 guerrilleros que le quedan a las FARC ya se habrían desmovilizado. Los cabecillas estarían refugiados en La Habana o en Caracas, pero ya no tendrían capacidad criminal aquí. Y este país, que vio que era posible acabar con el narcotráfico, ya prácticamente lo habría eliminado. El presidente Santos abandonó el camino de la paz democrática y se deslizó por la pendiente de la justificación y el premio al terrorismo en nombre de la paz. Y eso lo vamos a pagar todos los colombianos.
Lo que ha hecho Santos tiene un efecto espantoso e irreparable, SOBRE TODO porque no ha tenido oposición. La reciente manifestación en defensa del NO es sólo un ejemplo, con el mayor descaro apareció Uribe diciendo en Twitter que "comprendía" a quienes protestaban. Nunca ha habido una gran protesta contra las negociaciones, por el contrario, los líderes uribistas han mostrado su apoyo a la negociación y aun al gobierno, que a pesar de las persecuciones criminales mantenía con cargos a sus clientelas. Todo lo que podría haberse hecho para impedir que el genocidio resultara la forma eficaz de acceder al poder político se ha estrellado contra el "liderazgo" de Uribe, cuyos cálculos van por otro lado.
[Suprimo una larga batería de preguntas que no resultan de especial interés para el objetivo de este post. El interesado puede remitirse a la entrevista.] 
Usted ha logrado una indiscutible victoria personal. Al margen del proceso, ¿a qué aspira ahora?
Personalmente, a nada. 
No puede volver a presentarse a la Presidencia porque constitucionalmente lo tiene vetado.
Y además no lo haría. Me sentiría mal. En las actuales circunstancias, lo mejor que puedo hacer es lo que hago: promover liderazgos nuevos y buenos para Colombia. 
Pero el referente absoluto sigue siendo usted. 
Van surgiendo personas muy capaces. Hay que impulsarlas.
Usted ya impulsó en su día al señor Santos. No parece estar muy satisfecho con el resultado. ¿Cómo garantizará el éxito del segundo beneficiario de sus impulsos?
Jajaja. 
No, no le veo retirándose...
Ay, me hacen falta los nietecitos. Quisiera tener tiempo. Yo dicto clases en la universidad sobre liderazgo. Quisiera aprender idiomas. Todavía los huesos no se me han deteriorado del todo. Todavía me permiten hacer algo que me gusta mucho: adiestrar caballos criollos. 
Nada de eso me parece incompatible, ni casi comparable, con su continuidad en la política.
Jajaja... 
Eso mismo contestaba Uribe en 2007 cuando le hablaban de volver a ser candidato. Sólo falta que una nueva Asamblea Constituyente se distraiga y resulte que es posible reelegirse de forma indefinida. ¿Cómo podría Uribe negarse al clamor del pueblo que le pide que vuelva? No creo que haya nadie, salvo obviamente sus enemigos de siempre, que se atreviera a exigirle lealtad a su palabra. 

La elección de Trump y de la mayoría republicana el pasado 8 de noviembre hace completamente anacrónica esa entrevista: las posibilidades de Santos de imponer sus acuerdos con los terroristas han menguado drásticamente, ya lo hace fuera de la ley y sin el respaldo que importa. Su única baza es que en Colombia no tiene una oposición articulada y el uribismo no cuestiona en absoluto las bases de su régimen ni de su política. Los que nos oponemos a las bandas terroristas debemos exigir acuerdos que presupongan la disolución de las FARC, la entrega de las armas y el dinero que han obtenido con sus crímenes, la confesión completa de sus crímenes a cambio de alguna forma de amnistía y el castigo a sus cómplices no integrados organizativamente (como todo el Partido Comunista). Pero primero debemos saber que nada de eso puede interesar a Uribe ni a su partido, cuyo único problema son las cuotas de poder que podrían alcanzar en el futuro, para lo que no vacilarán en hacer presidente al siniestro maoísta Jorge Enrique Robledo ni en aliarse con Santos, las FARC o quien haga falta.

Bueno, uno razona así sin ningún esfuerzo. Lástima que hacerlo sea olvidarse de la realidad. Hace ya seis años que señalo la complacencia del uribismo con el gobierno, siempre por motivos mezquinos, y realmente nadie piensa que eso se pueda pensar o decir. Los mejor intencionados dicen que no se debe amenazar la unidad, que consiste en la adhesión sentimental a un líder que siempre terminará favoreciendo a la vieja politiquería y reivindicando su pasado de promotor del engendro de 1991.